Escritura

Poesía. Primera y última vez

 

Estando en el tiempo de la última vez

he aquí que llega la primera vez.

Como si descubrir el mundo fuera algo impensado,

accidental,

una bengala de luz instantánea

o una parcela de corazón aún sin estrenar.

 

Éramos niños cuando nos enseñaron a contar

pero no sabíamos entonces la utilidad profunda de los números

que nos sirvieron para calcular distancias de astros

o kilómetros de carreteras.

Para hacer sumas y restas

y entender la circunferencia absoluta de la vida

con todos sus radios.

Y las cuentas de la globalización

Y los niños muertos en África.

 

Ahora miramos el ábaco abierto de la mano

y, del pulgar al índice, cada dedo nos pregunta

¿Cuántos años quedan?

¿veinte, quince, diez?

 

Escondida entre la risa por ahí anda la incógnita de la última vez.

Sin saberlo, a todas horas,

disfrazada de cautela o distracción,

como una cuestión tonta que la vida  y la muerte, cogidas de la mano, plantean.

 

Pero no sé si entró un barco,

o chocaron los planetas

o apareció la luna,

o existió el asteroide B612.

O fue tu risa

O tus ojos

O tu palabra (¡ah, tu palabra, sí!)

tan fresca como una primera mañana,

como una primera vez impensada de la infancia.

 

Y eres ya mi único tú

en el dibujo insólito de tu mano

y de tu vida,

y en el regalo de tu corazón.

 

Ahora, al final,

precisamente,

como el último don de un dios regalador

que hasta mí te trae

para que aprenda a querer,

inesperadamente,

por primera vez.

 

EnesimaHojaAlicante

 

Publicado en la antología “Enésima hoja”, editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid

 

Escritura

Poesía. Primera y última vez

 

Estando en el tiempo de la última vez

he aquí que llega la primera vez.

Como si descubrir el mundo fuera algo impensado,

accidental,

una bengala de luz instantánea

o una parcela de corazón aún sin estrenar.

 

Éramos niños cuando nos enseñaron a contar

pero no sabíamos entonces la utilidad profunda de los números

que nos sirvieron para calcular distancias de astros

o kilómetros de carreteras.

Para hacer sumas y restas

y entender la circunferencia absoluta de la vida

con todos sus radios.

Y las cuentas de la globalización

Y los niños muertos en África.

 

Ahora miramos el ábaco abierto de la mano

y, del pulgar al índice, cada dedo nos pregunta

¿Cuántos años quedan?

¿veinte, quince, diez?

 

Escondida entre la risa por ahí anda la incógnita de la última vez.

Sin saberlo, a todas horas,

disfrazada de cautela o distracción,

como una cuestión tonta que la vida  y la muerte, cogidas de la mano, plantean.

 

Pero no sé si entró un barco,

o chocaron los planetas

o apareció la luna,

o existió el asteroide B612.

O fue tu risa

O tus ojos

O tu palabra (¡ah, tu palabra, sí!)

tan fresca como una primera mañana,

como una primera vez impensada de la infancia.

 

Y eres ya mi único tú

en el dibujo insólito de tu mano

y de tu vida,

y en el regalo de tu corazón.

 

Ahora, al final,

precisamente,

como el último don de un dios regalador

que hasta mí te trae

para que aprenda a querer,

inesperadamente,

por primera vez.

 

EnesimaHojaAlicante

 

Publicado en la antología “Enésima hoja”, editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid

 

Escritura

Poesía. Voy a pintar un cuadro

Voy a pintar un cuadro

que se llamará… ¡de tantas formas!

Puede llamarse con tu nombre

o, mejor: “tu eres

ya cientos de tus”.

(¡Qué bendición!

pues quiere decir

que en tu creación cotidiana

has recogido

la sonrisa y la mirada de todos

cuantos comparto!)

 

También podría estar en un catálogo

(No, no me gusta; en el aire):

“Tus ojos,

tienes los ojos color de hierba (o de yerba clara)”

 

Y podríamos llamarlo “Fin”.

Es decir: “Principio”.

(¡Qué hermoso el fin

que no es más que la continúa unión,

tiempo a tiempo,

del principio!).

 

(O podríamos bautizarlo

“espacio abierto

a todo lo que viene y se va

cantando”).

 

Pero nunca lo llamaremos,

te lo aseguro:

“Oposición”,

o “plenitud de nuestros abismos”,

o “lugar donde hemos encontrado

lo que en otras partes no nos daban”

 

Porque nuestros huecos

por nosotros han de igualarse,

y los otros,

o –mejor– los “tus”,

están para sobreabundar

más allá de nuestros vacíos

plenamente llenos.

 

Escritura

Poesía. Voy a pintar un cuadro

Voy a pintar un cuadro

que se llamará… ¡de tantas formas!

Puede llamarse con tu nombre

o, mejor: “tu eres

ya cientos de tus”.

(¡Qué bendición!

pues quiere decir

que en tu creación cotidiana

has recogido

la sonrisa y la mirada de todos

cuantos comparto!)

 

También podría estar en un catálogo

(No, no me gusta; en el aire):

“Tus ojos,

tienes los ojos color de hierba (o de yerba clara)”

 

Y podríamos llamarlo “Fin”.

Es decir: “Principio”.

(¡Qué hermoso el fin

que no es más que la continúa unión,

tiempo a tiempo,

del principio!).

 

(O podríamos bautizarlo

“espacio abierto

a todo lo que viene y se va

cantando”).

 

Pero nunca lo llamaremos,

te lo aseguro:

“Oposición”,

o “plenitud de nuestros abismos”,

o “lugar donde hemos encontrado

lo que en otras partes no nos daban”

 

Porque nuestros huecos

por nosotros han de igualarse,

y los otros,

o –mejor– los “tus”,

están para sobreabundar

más allá de nuestros vacíos

plenamente llenos.

 

Escritura

Poesía, El olmo seco

 

No era el flexo un sol. Ni la mesa una pradera.

Ni el libro un mapa abierto que señalara el límite final del mundo.

No eran las paredes la culminación de los sueños que tuvimos de niños

(No la selva, ni la fe, o las hadas y Peter-Pan).

Encerraban un despacho como tantos otros de la vida

creados para dar continuidad al mundo

(a la historia del mundo, no a la utopía del mundo).

Todo era seguridad inventada

por padres que nos engendraron sin conocernos aún,

sin creer en lo que seríamos capaces de ser

-o que nos prohibieron ser, no fuéramos a romper la vida,

como si la vida no existiera para ser rota todos los días-.

Allí estábamos.

Concebidos para ser pasablemente felices

y mediocres por naturaleza.

Fichando de siete a diez.

Planchados e impolutos como una amapola recién nacida.

Como una hierba que existe un día y se va.

Sin nada que almacenar en la última estrella de la vía láctea que lleva a Santiago.

Sin nada de nadie para nada y para nadie.

 

Pero entonces una mano,

la tuya precisamente, otra no podía ser,

abrió la puerta.

 

Publicado en la Antología Enésima hoja, Editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid

Escritura

Poesía. Primera y última vez

 

Estando en el tiempo de la última vez

he aquí que llega la primera vez.

Como si descubrir el mundo fuera algo impensado,

accidental,

una bengala de luz instantánea

o una parcela de corazón aún sin estrenar.

 

Éramos niños cuando nos enseñaron a contar

pero no sabíamos entonces la utilidad profunda de los números

que nos sirvieron para calcular distancias de astros

o kilómetros de carreteras.

Para hacer sumas y restas

y entender la circunferencia absoluta de la vida

con todos sus radios.

Y las cuentas de la globalización

Y los niños muertos en África.

 

Ahora miramos el ábaco abierto de la mano

y, del pulgar al índice, cada dedo nos pregunta

¿Cuántos años quedan?

¿veinte, quince, diez?

 

Escondida entre la risa por ahí anda la incógnita de la última vez.

Sin saberlo, a todas horas,

disfrazada de cautela o distracción,

como una cuestión tonta que la vida  y la muerte, cogidas de la mano, plantean.

 

Pero no sé si entró un barco,

o chocaron los planetas

o apareció la luna,

o existió el asteroide B612.

O fue tu risa

O tus ojos

O tu palabra (¡ah, tu palabra, sí!)

tan fresca como una primera mañana,

como una primera vez impensada de la infancia.

 

Y eres ya mi único tú

en el dibujo insólito de tu mano

y de tu vida,

y en el regalo de tu corazón.

 

Ahora, al final,

precisamente,

como el último don de un dios regalador

que hasta mí te trae

para que aprenda a querer,

inesperadamente,

por primera vez.

 

EnesimaHojaAlicante

 

Publicado en la antología “Enésima hoja”, editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid

 

Escritura

Poesía, Consabido

CON-SA-BI-DO

 

Oh, por Dios, no me lo niegues

con esa estéril palabra

de todos y cada uno de los días.

(Ellos, al menos, no saben,

pero tú, tú precisamente, no).

Eras aquél planeta deslumbrante,

el más inalcanzable en el poniente.

Esto es: lo eras todo (casi todo

-que Alfa y Omega sólo son de Dios-).

Me llevabas, sin llevarme,

al infinito. Renacías

mi cotidiano pasar

con plenitudes humanas.

Amor.

Por eso no te dejo, no permito

que entre tus ecos vivan las palabras

que deshacen tu alma, mi alma.

Ellos ¿qué quieres?, no saben;

pero dentro de ti

hacia mí,

dentro de mí

hacia ti

sólo cabe el esplendor.