Blog, Escritura

Elogio del punto y coma

 

            Teniendo con toda probabilidad más de un cincuenta por ciento de sangre celta podría haberme quedado con las brumas oscuras del Cantábrico, pero, ay, nací en el Mediterráneo y me quedé con su luz. Renuncié con ello a Campoamor, a Pereda o hasta a ese amigo de la familia llamado Severo; pero, en su lugar, metí en el bolsillo a Gabriel Miró, a Oscar Esplá, a Juan Gil Albert, a Miguel Hernández y a Azorín, ese escritor aburrido y preciso, maestro de la prosa y del punto y coma.

            Quizá por la transparencia luminosa de mi tierra adoro la sutileza que lleva a definir con precisión el perfil, el acento de cada cosa; y nada para ello mejor que el punto y coma, regalo de la pluma que nos permite dar un giro imperceptible en mitad de una frase y que nos lleva, rechazando lo abrupto del punto,  a la nueva idea, que -casi sin que el lector se dé cuenta- sugiere.

            “Hoy nadie usa el punto y coma –me dijo el otro día una amiga-, nadie escribe ya así.” Y quizá tenga razón porque en estos tiempos de consumo rápido (quizá la rapidez sea la nota distintiva del consumo de hoy) la sutileza ha pasado a ser un bien escaso, y se nota su pérdida no sólo en la escritura, sino también en la conversación; donde cada vez hay más imposiciones y menos sugerencias, menos precisión, menos invitaciones a la exploración tranquila de lo nuevo.

            Lo noté hace unos años en la gala de los Goya, cuando alguien dijo en su discurso: “Defiendo la libertad de expresión y ese señor no puede decir que…”; no sé a qué señor se refería porque la frase me produjo tal cortocircuito que quedé enganchada en ella, ¿cómo se puede defender y prohibir al mismo tiempo?, o ¿cómo una gala que tenía por estandarte el cine español estuvo acomparsada, hasta en su crescendo final, por música del cine americano? ¡Qué burdo y qué precipitado todo, qué falta del pequeño recurso, pausado y sugerente, del punto y coma en este ejemplo!

            Quizá ahora haya que hablar, que actuar, que escribir así. Quizá tengamos que dirigirnos a lectores que, acostumbrados al basto discurso, a la imposición publicitaria, cuyas cortas frases repudian el punto y coma, han perdido el gusto por la sugerencia y la verdad en la expresión.

Y digo la verdad porque el punto y coma ayuda también a expresarla; donde no hay matiz no hay diferencia, y donde no hay diferencia vuelve a aparecer lo impreciso, el magma y lo burdo.

            Hace tiempo leí un libro de una famosa autora latina, y tuve suerte, en sus (me levanto, lo busco por afán de precisión) en sus 338 páginas encontré un punto y coma; está en la línea veinte de la página 226.