La cuna de la luz. Poesía

   

Fue un deseo, todos los días abortado,

de sacudir las raíces de mi savia,

de perder, algodón al viento, la añoranza

del monólogo interiormente constante

de tu ideal presencia;

en él pedí a la vida borracheras

-gotas conscientemente depuradas-

de beber en sus vasos sus desiertos

(“sus desiertos”, “soledades”…,

siempre falsa la palabra y el bautizo).

Madrugando amanecí sobre la roca,

boca abajo, extasiada en la distancia

de este abismo

tanto tiempo disfrazado por tu dulce tela de hilo

(hilo gris, tan sólo mío)

en que soñé que me acunaba

al dormir mi Dios y mis estrellas.

Quise volver a gritar, mas si te llamo

¿en qué tiempo, sólo por nosotros creado,

podremos sernos libres alguna vez?

Porque

quisiera poder contar, aunque no nazca,

en qué lugar tengo ovillada

la cuna de la luz.