Escritura

Novela “Ora pro nobis”, primeras páginas III

                                                                                                             Miércoles, 13 de julio de 1932

    Cuando Vicente vio cómo me separaba del grupo e iba hacia ellos cortó su conversación y me miró de arriba abajo, esperándome.  Antes de que me acercara retiró la mano de la pared en la que se apoyaba y escupió en ella, luego se la restregó en el pantalón y me la alargó. Fue este gesto el que hizo que, de pronto, viera en aquel hombre al chiquillo que conocí y que ahora tanto se parecía a su padre.

            –Don Manuel –me llamó, para dejar claras las distancias.

            Yo le di un abrazo y le palmeé la espalda, como habían hecho conmigo los otros y como pensé que él haría: “¡Qué alegría de verte!”. Él se soltó enseguida y luego, mirándome a los ojos con gesto serio, me presentó al alcalde, el jefe local del partido.

            El edil es un hombre maduro, ha venido de fuera, de otro pueblo cabecera de comarca. Por las pocas palabras que crucé con él vi enseguida que tenía el alma llena de ambición. Según dijo se ha desplazado aquí sólo para servir a su sindicato, pero está claro que de ese servicio espera muchas compensaciones. En cierta forma –sólo en la de la ambición, es verdad– me recuerda a Mario y su concepto de servicio como trampolín para medrar. En todo lo demás es su opuesto: rechoncho, de piel oscura, fornido. Hizo alarde de ignorancia y de desprecio por la cu

                                                                                                             Viernes, 15 de julio de 1932

           Nunca es blanca la crónica del desamor y en esta vida ningún hecho nace como causa única de otro; cada nueva realidad es fruto necesario de miles de realidades anteriores. Podría, según eso, remontarme casi a cualquier período de la historia para dar cabal explicación de lo que me ha sucedido en ella.

                                                                                                             Lunes,  18 de julio de 1932

      Doña Claudia vive ahora en la finca grande, a unos kilómetros del pueblo. Lo de llamarla marquesa es, desde luego, una broma, aunque la mayoría, en su corazón, sienta que lo sea de verdad. Están demasiado ocupados en sobrevivir y no tienen la formación necesaria para impedir que su cabeza se llene de admiración ante lo que desconocen. Así, le atribuyen títulos que no posee como si, de esta forma, con la relativa cercanía de la convivencia, sus pobres vidas ganaran importancia.

            Eso hace, al menos, uno de los dos bandos del pueblo, el que tiene al cura al frente; los otros, los compadres del alcalde y de Vicente también lo hacen, pero en otra forma, la llaman “la cacica”, “la marquesona”, “la faraona” o, simplemente, “esa hija de puta”.

         Cuando yo era niño ella no pisaba el pueblo, ni siquiera pasaba los veranos en su finca. Sus negocios estaban en manos de un administrador. Se ha instalado aquí hace dos años, aunque nadie sabe por qué. Dicen que si se ha arruinado por la vida que vivió en Francia y que, por eso, quiere ahora vigilar de cerca la finca; que si estaba aliada con los monárquicos; que si había tenido tantos amantes en la ciudad y tenía allí tan mal nombre que ha venido a esconderse. Dinero, política, sexo. De todo le atribuyen a esta mujer. Habladurías todas, supongo, de gente que se considera inferior y necesita a un tiempo admirarla o rebajarla para poder seguir viviendo con su presencia.

            Ni siquiera a los niños les deja indiferentes. Hoy, que había mercado, cuando acababa de cruzar la plaza con su Hispano camino de la ciudad y, a su paso, unos hombres se habían quitado la boina saludándola mientras otros se volvían de espaldas, y  casi todas las mujeres se quedaban mirando al coche y al chofer y al abrigo de piel y al elegante sombrero como gorrioncillos convencidos de que los árboles son más importantes que ellos, los críos que andaban por allí, fueran hijos de quien fueran, corrieron al corral del sacristán y sacaron a la cerda. Con unos periódicos viejos imitaron el sombrero de la rica y se lo pusieron al animal que gruñía y se revolvía, y después, formando entre todos la figura de un coche que desfilaba y llevando en el centro a la cerda encopetada y en vanguardia un pobre chofer de alpargatas y pantalón corto, desfilaron entre los tenderetes y provocaron las risas de los comerciantes y de todos sus mayores.

            Imitaban lo que no comprendían. Y, sin saberlo, aquellos niños metían a sus padres la amargura en el cuerpo, esa que nos pone delante la inocencia y que nos demuestra lo esclavos que somos de cualquier tipo de poder, aunque no sea real, aunque nos lo inventemos para seguir viviendo.

(Ediciones Xorki, Madrid)

Novela “Ora pro nobis”, primeras páginas

Lunes, 11 de julio de 1932

Ayer domingo, a media mañana, decidí bajar al pueblo; tenía necesidad de hablar, de encontrarme con otros. Me puse el traje que había traído respondiendo a un  deseo irracional de agradar y, a trote lento, crucé los campos llenos de sol.

Los hombres por un lado y las mujeres por otro hacían corrillos en la plaza. Todos despedían algo lustroso que daba empaque a aquellas pobres fachadas. Al ser día de fiesta, no había pantalones remendados y sucios de tierra ni boinas sudorosas y los trajes de ellas parecían recién planchados. Pensé que había acertado al vestirme. La misa debía haber acabado hacía tiempo porque un buhonero andaba recogiendo las mercancías en su carromato. Desde que aparecí en una esquina de la plaza noté que la animación de los corrillos se apagaba y que todas las miradas perseguían el menor de mis gestos. Bien sabía que Herminia les habría hablado de mi paso y que más de uno habría espiado por la noche la luz encendida de la casa, preguntándose si en efecto era yo, o un familiar o un fantasma.  Descendí despacio del caballo y até las riendas a la argolla de la pared del colmado. Me sentía incómodo pero, aparentando firmeza, me dirigí hacia el corro donde estaba el cura, única figura reconocible por su atuendo, aunque no se parecía nada al de mi infancia.

Me saludó enseguida con una sonrisa de bienvenida y no se privó de alzar hasta mí una mano que yo estreché sin besarla. Era grasiento y mofletudo, lucía una sotana llena de brillos y no dejaba de hacerse aire con la teja para aligerar el calor que el principio del verano ponía en sus mejillas. Recordé, por contraste, al cura de antes, a aquel al que, cuando yo era niño, ayudaba en sus catequesis, enjuto como un San Francisco y serio y austero en la comida y en las palabras.

Hablamos. Los del corro primero se apartaron y luego nos rodearon y se apretaron movidos por la  curiosidad. Me di a conocer. Poco a poco, otros hombres se fueron acercando. El resto miraba desde lejos, para confirmar quién era y medir aquel primer acercamiento mío a la Iglesia.

–¡Manuel! –exclamó alguno–. Ya decía yo que tenías que ser tú. Que no podías haber olvidado el pueblo.

Tras unos momentos de indecisión, hubo fuertes palmadas en la espalda y exclamaciones de alegría. Casi se me saltan las lágrimas al oír de nuevo los apodos de aquellos hombres, tan cambiados como yo; no, mucho más envejecidos que yo al cabo de tan pocos años.

Quitándose las palabras unos a otros le explicaron al cura quién era.

–El dueño de “Puentepinar” –decían, y añadían que así se había conocido siempre la casa porque unía el pueblo con el límite del único bosque, el de pinos, que existía en la comarca.

Dijeron que se habían enterado de la muerte de mi padre, me preguntaron por qué no había ido antes, que por qué había tardado tanto en volver. Les conté de la fábrica, de la facultad…

–¡A ti siempre te ha gustado el campo! –exclamó alguien con voz alegre–. Ya se te veía venir. ¡Y mira lo elegante que vas!

Sentí vergüenza de mi atuendo y me arrepentí de haberme vestido así, de vivir aún en esta inseguridad.

Luego fuimos al colmado que, como siempre, hacía las veces de tienda y taberna. En su densa penumbra, llena de humo y del olor agrio que desprendían las tinajas de vino, vi que las cintas engomadas para las moscas seguían colgando del techo, junto al ventilador, aunque ahora puestas por un nuevo tendero, familiar lejano, según me contaron, del anterior, que se había ido del pueblo en cuanto se proclamó la República. Seguimos hablando de mí y de ellos, de su trabajo en el campo, de sus mujeres y de sus hijos, y alguno, con una palabrota y una risotada, me volvía a golpear  la espalda.

Sé que estos recuerdos, que revivir los hechos externos, no sirven para darme luz, no significan nada. Lo importante sucedía a otro nivel, al nivel del silencio y de las miradas furtivas a mi traje y a mi pajarita, del repaso minucioso del cura mientras bebía su vaso de vino e intentaba interrumpir la charla con preguntas para averiguar quién o cómo era yo o a qué bando pertenecía.

–¡Desventurados días para la patria! ¿No le parecen a usted aberrantes todas las disposiciones del nuevo Gobierno? ¡Hasta con los muertos quieren meterse ya! No les basta con los vivos, no…

Y yo le sonreía y hacía un vago gesto con la cabeza.

Tampoco sirve de nada recordar ahora el ruidillo de la cortina cuando, en fila, salimos de nuevo a la luz de la plaza, ni la observación de uno dirigida hacia una pareja que hablaba en una de sus esquinas.

–Mira, ¿ves a aquellos de allí? El más joven es Vicente. Al que está a su lado no lo conocerás, ha venido de fuera. Es el alcalde. De la UGT.

–Rojos y ateos –recalcó el cura, volviendo a abanicarse con la teja, que había dejado tranquila sobre el mostrador mientras bebíamos.

Primeras páginas de la novela “Ora pro nobis” (Ediciones Xorki, Madrid)

                                                                   PRIMER CUADERNO

                                                                                                                 Martes, 5 de julio de 1932

No sé por qué sigo aquí. Esta tarde, a última hora, encenderé otra vez la lámpara y quizá continúe escribiendo, o, como hago desde que llegué, daré vueltas por el despacho, recordando a mis padres, a Merceditas, a Alberto o a Mario.

            Para retrasar ese momento me he levantado y he colocado una mesa pequeña junto al balcón. Necesito aprovechar la luz, esa luz que siempre viví en mi tierra. No creo que ninguno de los que quedan allí siga amándola como yo.

            Quiero volver hacia atrás, quiero ordenar la realidad al escribir, quiero traer junto a mí a todos en este destierro que me he impuesto.

            Recuerdo muy bien el día en que salí de la ciudad, va a hacer ya dos meses. Había puesto el despertador temprano, quería irme antes de que saliera el sol, no fuera que, al ver el relieve de las cosas, me arrepintiera. Con la parafernalia del madrugón me engañaba,  lo único que quería era no oír mis pensamientos en la luz de la mañana.

            Me afeité despacio. En la maleta guardé, encima de todo, para que ninguna de estas cosas se arrugara, el cuello duro, la pajarita que me regaló mi padre cuando me incorporé a la fábrica y el mejor de mis trajes. No sé qué me impulsó a meter todo eso, quizá la idea de que alguna vez tendría que volver a dar una buena impresión en el pueblo; como cuando la mujer de mi padre repasaba mi atuendo antes de ir con ellos a misa de doce en los domingos de la infancia.

            Sin embargo, para el camino decidí usar los viejos pantalones de paño de la Universidad, la camisa de franela de estar en casa y el chaquetón verde que me compró mi madrastra en las últimas Navidades.

            La oía en su habitación. Probablemente no había dormido en toda la noche para asumir a conciencia su papel en la despedida, y este gesto suyo, los pequeños ruidos  que me permitían adivinar lo que en ese momento estaba haciendo, me llenaron de una ternura que nunca antes había sentido por ella, como si comprendiera que, en este último adiós, quería redimir los abrazos no dados o los esfuerzos no hechos en todos aquellos años. Merceditas, que aquel fin de semana estaba en casa con su marido, se levantó en el último momento para representar su escena de hermana y dirigirme una mirada cargada de un vago: “Nunca te entenderé, idiota”. Alberto no se levantó porque, según dijo ella, esa mañana tenía una reunión muy importante en la fábrica y quería estar descansado.

            –Manuel, tu padre quiere que la fábrica sea para ti–. Esa frase la había oído desde pequeño, pero yo no podía querer eso. Había elegido no querer la fábrica, no estar con ellos. Y ahora con nadie, salvo conmigo mismo y, en todo caso, de vez en cuando, cuando Él quiera, con mi Dios desconocido.

Al salir casi no oí lo que mi madrastra me decía en su abrazo, ni apenas sentí el beso rápido de mi hermana Merceditas; tenía prisa, había tardado en encontrar las libretas y la pluma y los libros que quería traer, estaba nervioso como si en lugar de ir a un sitio que de sobra conocía emprendiera un largo éxodo que me condujera a lo imposible: a encontrar quizá la paz si lograba encontrarme a mí en la pequeña realidad de las cosas.

            Fue largo el camino por los montes sobre el caballo que compré pensando que me sería útil en mi nueva vida. ¡Qué distinto este viaje a todos los que hice de niño en el tren, con Merceditas y mis padres, para venir a la finca! El tren de todos los veranos en el que, con los brazos acodados en la ventanilla, veía pasar el campo y las casas mientras el aire me despeinaba y el hollín me tiznaba la cara y me hacía cerrar los ojos. De la ciudad al pueblo, del pueblo a la ciudad, del mar a Castilla, de Castilla al mar, así verano tras verano, desde no recuerdo qué año; desde siempre.

            Esa madrugada, sin embargo, dejaba atrás la ciudad sin saber cuándo regresaría. Mi ciudad, en la que ya nunca asistiría a ninguna de sus novedades, o a las de mi familia o mis amigos, que seguirían con su vida mientras yo quedaba fuera de sus gestos y sus palabras.

Cuando salí, la luz del sol, fría y limpia, iba deshaciendo mi valor. Al dejar la última calle el ruido de las herraduras se hundió en el polvo del primer camino, me detuve y, alzándome sobre los estribos, me volví por si podía ver, por última vez, el mar. Pero las casas tapaban la bahía y así inicié definitivamente el viaje, sin aquel último recuerdo.

            Las ocho horas de tren se transformaban, por mi voluntad, en muchas más horas de marcha. Era buena la excusa, o la necesidad, del caballo pues quería alejarme despacio: de mi familia, de mi vida pasada, de la Universidad, de la fábrica, de Mario y de todo cuanto había sucedido en los últimos meses. Todo eso ya no me pertenecía, aunque, para darme ánimos, pensara que pronto regresaría.

            A trote ligero fui cruzando los pueblos que siempre había visto de lejos; me paré en alguno de ellos a comer, a beber agua, a dormir o a que comiera y bebiera el caballo. Atardecía cuando llegué tras todas aquellas horas interminables, cansado del viaje y del dolor que siempre causa alejarse.

Pasé ante la tapia del cementerio y, aunque la luz comenzaba a ser dudosa, vi que ya no se alzaba contra el cielo la cruz que siempre había presidido el arco de la puerta. Este pequeño descubrimiento y el silencio de los pájaros, que, como a una señal de la tarde, callaron de golpe, hizo crecer el agotamiento que sentía. Me apreté la capa y entré en el pueblo despacio. Crucé la plaza y, bajo el porche de la farmacia, cerrada desde que yo recuerdo, vi a Herminia; sólo a ella. Los hombres estarían volviendo del campo y las mujeres en los afanes de la cena, agitando el soplillo ante la llama del fogón y haciendo salir, así, el humo que veía en las chimeneas de las  cinco calles. Pasé cerca de ella, diminuta y encorvada. Al oír el trote blando del caballo alzó la cabeza y me saludó con una sonrisa desdentada, mezcla de bienvenida y de desconfianza, como si fuera un forastero. En la oscuridad no reconoció en aquel joven al niño que hacía unos años corría por esa plaza con los otros críos. Yo ya no tenía nada de él. Al verla, sentí, como a veces se siente por las cosas, un cariño nostálgico. Un cariño hacia el pasado, supongo.

            Adivinaba en la oscuridad los campos de trigo y, al fondo, las lomas negras, tan distintas a mis alegres montes azules del mar. Al cruzar el puente de madera, bajo el ruido seco de las herraduras, oí el  bullir del río, que apenas se dejaba adivinar por algún reflejo de la luna. Llegué a la finca, recorrí el caminito y me detuve ante  la casa, paré, bajé del caballo, cogí la maleta y crucé el porche. Abrí la puerta y un fuerte olor a humedad y a casa cerrada, una violenta oscuridad, me rodearon y, antes de que pudiera dar con la llave de la luz, se colaron en mí llenándome de ausencia.

            Decidido, subí la escalera hasta mi habitación de niño; mi habitación, con su estrecha cama de cabecero de limoncillo frente al balcón y la jofaina en una esquina de las paredes blancas. Fue como si entre ellas estuvieran todos esperándome: mis padres, Merceditas, Alberto, Mario. Como si mi pensamiento los trajera hacia mí entre las vagas sombras dibujadas por la bombilla que colgaba del techo. Me afirmé en la idea de que había sido bueno venir.

            Una decisión que si Mario no hubiera hecho lo que hizo, nunca habría tomado.

Portada Ora pro nobis

Novela “Ora pro nobis”. Ediciones Xorki, Madrid

SINOPSIS

En el mes de marzo de 2001, el papa Juan Pablo II va a proclamar beatos de la Iglesia a doscientos treinta y cuatro mártires de la guerra civil española. Mientras espera la llegada de esa fecha, fray Agustín Segorbe, fraile nonagenario, recuerda su infancia durante la Segunda República al leer apresurado, dada la inminencia del acto solemne, unos cuadernos que le han llegado por haber intervenido en una de las causas de beatificación. En ellos descubre que uno de los futuros beatos, joven de honda fe, intentó entender una sexualidad que no admitía, reflejando en su escritura el conflicto entre el Dios amado y sus deseos.
Carmen Frías, con una prosa fruto de la sensibilidad y la percepción, y desde la imparcialidad y el respeto, nos plantea en esta novela un caso hipotético que testimonia un tema de gran actualidad y que no deja de ser uno de los muchos que, como el del reconocimiento de pleno derecho de la mujer, tiene pendientes la Iglesia católica.
Al tiempo, nos presenta a diversos personajes que habitaron una época tan poco conocida y tratada como fue el principio de la Segunda República y todas las tensiones emanadas de los cambios y las relaciones Iglesia-Estado, que llevaron a tantos resultados dramáticos.
Manuel, un joven abogado que pertenece a una minoría oculta y menospreciada, como tantas otras de la sociedad, escindido entre sus creencias, las condenas eclesiásticas y sus inclinaciones -como pudo estarlo García Lorca en esa misma época- y que vive entre los convecinos de su pueblo la experiencia de la búsqueda del amor y el cuestionamiento de su vida, acabará revelando que las existencias más externamente condenables por unos, con independencia de cuál sea su motivo, pueden encerrar una heroicidad y verdad más auténticas que las mantenidas por muchas posturas oficiales.

  (Esta novela fue finalista del “Premio Azorín)

  Portada Ora pro nobis

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ESCRITURA (POESÍA)

PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ

Estando en el tiempo de la última vez

he aquí que llega la primera vez.

Como si descubrir el mundo fuera algo impensado,

accidental,

una bengala de luz instantánea

o una parcela de corazón aún sin estrenar.

Éramos niños cuando nos enseñaron a contar

pero no sabíamos entonces la utilidad profunda de los números

que nos sirvieron para calcular distancias de astros

o kilómetros de carreteras.

Para hacer sumas y restas

y entender la circunferencia absoluta de la vida

con todos sus radios.

Y las cuentas de la globalización

Y los niños muertos en África.

Ahora miramos el ábaco abierto de la mano

y, del pulgar al índice, cada dedo nos pregunta

¿Cuántos años quedan?

¿veinte, quince, diez?

Escondida entre la risa por ahí anda la incógnita de la última vez.

Sin saberlo, a todas horas,

disfrazada de cautela o distracción,

como una cuestión tonta que la vida  y la muerte, cogidas de la mano, plantean.

Pero no sé si entró un barco,

o chocaron los planetas

o apareció la luna,

o existió el asteroide B612.

O fue tu risa

O tus ojos

O tu palabra (¡ah, tu palabra, sí!)

tan fresca como una primera mañana,

como una primera vez impensada de la infancia.

Y eres ya mi único tú

en el dibujo insólito de tu mano

y de tu vida,

y en el regalo de tu corazón.

Ahora, al final,

precisamente,

como el último don de un dios regalador

que hasta mí te trae

para que aprenda a querer,

inesperadamente,

por primera vez.

(Publicado en la antología  Enésima hoja, Editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid)

EnesimaHojaAlicante


Ora pro nobis, de Carmen Frías, (Ediciones Xorki, Madrid)

No se trata de una novela histórica, aunque aparece el contexto histórico de la llamada “cuestión religiosa”. No el conflicto a nivel de debates en las Cortes, sino en la convivencia en un pueblo. la novela está magistralmente estructurada, no como relato lineal sino superponiendo varios momentos cronológicos: el principal, los cuadernos del protagonista, de 1932-1933; las evocaciones intercaladas de los años veinte, los de su infancia y adolescencia; y finalmente, los saltos al 2000, con Fray Agustín y las beatificaciones de los llamados mártires. Pero la gran sorpresa ha sido el tema de fondo, planteado con suma delicadeza y a la vez muy bien descrito, con las alegrías y sufrimientos del protagonista, que se retrata al confesar sus sentimientos (los amorosos y los religiosos), sin ningún asomo de la demagogia (en pro o en contra) que a menudo practican los que tocan esta materia, y todo explicado, psicológica y moralmente, por un teólogo alemán muy crítico con el magisterio tradicional, pero siempre ponderado y respetuoso.

La imagen puede contener: texto

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Portada Ora pro nobis

Carmen Frías nos presenta en Ora pro nobis una historia en la que al protagonista le hielan el corazón las dos Españas, la de sacristía y la revolucionaria… En la novela destaca la construcción de una imagen poderosa de la inocencia que se ve manchada, acorralada y asesinada por los credos, las consignas y los dogmas que durante tanto tiempo nos han acompañado.
La historia de esta novela se centra en la desventurada pugna entre la realidad y el dseo, durante los primeros tiempos de la II República española, de un joven homosexual católico que descubre su diferencia y, sobre todo, la imposibilidad de vivir su amor en aquella sociedad cainita y partidista.
La novela, muy bien escrita, sin desfallecimientos, gana al lector con fuerza y pasión desde las primeras páginas, proponiéndole una acertada construcción narrativa en la que los juegos temporales y las perspectivas le facilitan una reflexión profunda sobre nuestra historia reciente.

José Luis Bernal Salgado, profesor titular de Literatura española en la Universidad de Extremadura.

 

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Carmen Frías es la autora de la novela “Cinco notas”, publicada por Ediciones Xorki, que se presentó en la Feria del Libro de Madrid.

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Carmen Frías tiene un brillante currículum profesional con altos cargos en la administración central e importantes tareas docentes e investigadoras tanto a nivel nacional como internacional. De esta tarea investigadora nació su tesis doctoral “Iglesia y Constitución. La jerarquía católica ante la Segunda República” sobre la postura y las relaciones de la jerarquía eclesiástica durante la Segunda República española, que fue publicada en el 2000 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Dicha tesis obtuvo un gran reconocimiento en el ámbito académico y ha sido citada en varios importantes estudios.
Del interés y el conocimiento del tema surgió su primera novela publicada: “Ora pro nobis”, que trataba de las vicisitudes de un joven religioso homosexual en medio de la guerra civil y de los sufrimientos que esta causó, pero, sobre todo, trataba de la intransigencia de la sociedad y no digamos de la Iglesia ante la homosexualidad.  “Ora pro nobis” fue finalista del Premio Azorín de Novela en 2009.
Carmen es una persona de amplio espectro; poliédrica, como se diría ahora, porque, aparte de su brillantez profesional, que acabo de mencionar, es una pintora de gran talento, como me lo recuerda todos los días un precioso cuadro que cuelga de una de las paredes de mi casa. Pero, sobre todo, es una escritora de gran calidad. Y de ello puedo hablar con conocimiento de causa, ya que hemos compartido varios años de trabajo en la escritura, y soy feliz lectora de sus textos.

 

Minuciosa, observadora, inteligente, es capaz de escudriñar la realidad con la paciencia de un entomólogo hasta hacerla suya; entonces, la desmiembra, la hace pedacitos, la engulle, la digiere y nos la ofrece a los lectores cuando ella misma ya la ha comprendido hasta sus más mínimos detalles y deja al lector que él mismo descubra el meollo y concluya su propio final.
PREGUNTA:―Carmen, ¿qué diferencias hay entre ¿”Cinco notas”, que ahora presentas, y tu anterior novela, “Ora pro nobis”?
RESPUESTA: Son dos libros completamente distintos. “Ora pro nobis” trata de la relación entre la fe y la homosexualidad. Tema, este último, que, según parece, sigue vigente y sin superar, razón por la que ha sido tratado por muchos autores, que sería prolijo enumerar aquí, desde la Youcernar a Alvaro Pombo, a Mendicutti y a tantos otros. Creo, sin embargo, que ninguno lo ha abordado desde el prisma de la creencia religiosa hasta plantear que un homosexual pueda ser elevado a los altares, cosa que yo hacía en mi libro, ya que, aunque tiene un final abierto, para mí el cierre y conclusión de toda la historia estaba precisamente en el título.
“Cinco notas” por el contrario, trata de un amor heterosexual y tiene un final cerrado, aunque puedo decir que entre los dos hay un nexo común precisamente para que surja la historia. Los dos tratan de amores difíciles por no decir imposibles y eso da origen a toda la trama.
P: El proceso de escritura es algo muy personal y depende mucho de cada escritor. ¿Cómo es tu proceso de escritura, Carmen, cómo haces para empezar una novela?

R: Creo que la tengo en mente mucho tiempo hasta el punto de que a veces intento escribir otra cosa que no sale porque por debajo, a veces sin que yo me de cuenta, hay otra trama que, tarde o temprano, se va imponiendo y que me obliga a posponer cosas en las que trabajo y no me convencen hasta que esa idea, por difícil que me parezca, acaba surgiendo y he de dedicarme a ella y desarrollarla con todo empeño.
P: ―¿De qué trata “Cinco notas”?
R: Un profesor de música recién jubilado regresa a su tierra, una ciudad levantina que, aunque no se nombre, no es difícil adivinar que se trata de Alicante, y allí rememora todas sus vivencias de adolescencia en la década de los sesenta, entre ellas un amor imposible y nunca resuelto. Eso me permite hablar de cómo era la juventud de clase media de aquel tiempo, de la sociedad, tan cerrada, y del desenfado y las ganas de vivir de los jóvenes de mi tiempo en medio de situaciones muchas veces claustrofóbicas por más que estuvieran iluminadas por el sol contundente de las playas del Mediterráneo, donde transcurre en gran parte la historia.
P: ―¿Crees que podemos decir que es una novela de iniciación, de aprendizaje?
R: Completamente, aunque sea narrada por un hombre maduro, lo que este cuenta es la vida de un joven que busca su estilo, su vocación y su lugar en el mundo, muchas veces en oposición con el estilo, vida y creencias de quienes le rodean.

 

P: Me gusta mucho como vas mezclando en tu narración el presente y el pasado, como solo puede hacerlo una persona que sabe lo que es el tiempo. ―¿Por qué te decidiste a plantearla así?

R: Sinceramente no lo sé, surgió de forma espontánea; también en “Ora pro nobis” hay un constante retorno de pasado y presente, aunque planteado por personajes distintos, aquí es el mismo personaje el que vive su presente y su pasado en un juego continuo de memoria personal.

 

P: Me gustan los personajes, la fuerza que tienen los protagonistas. Háblame de ellos, del impedimento que existe entre los dos personajes principales.
R: Un enganche amoroso, cosa de la que trata el libro, muchas veces es desencadenado por la existencia de un impedimento que hace difícil su plenitud. Podría haber planteado cualquiera que acompañara a la historia que quería plantear para que no se limitara a ser un relato de la sociedad de mi tiempo: podría haber sido una diferencia de razas o una diferencia de clase social; se me ocurrió, sin embargo, uno bien sencillo y simple: la diferencia de edad que, en aquel tiempo, hacía que estuviera “mal visto” tener ciertas relaciones hasta el punto de llegar a impedirlas. Y es curioso que aún hoy en día cuando se habla del presidente francés se tiene que aludir necesariamente a su matrimonio; no se le critica, no, ¡hasta ahí podríamos llegar!, pero no se deja de citar. Con el presidente de Estados Unidos –con una relación marcadamente a la inversa– no pasa eso, no se cita, es “normal”. Esto es señal de que el impedimento que a mí se me ocurrió en una época y una sociedad concreta quizá aún no esté del todo superado. Y lo curioso de la historia es que, aunque el protagonista masculino parece ser el enganchado y el débil, cabe siempre preguntar si quien realmente careció del valor necesario fue el personaje femenino. Esa es una duda que nos acompañará incluso cuando cerremos el libro.

P: Me gusta, en fin, ese final inesperado, que por supuesto no voy a revelar. ¿Por qué decidiste plantearlo de ese modo?

R: Creo que tarde o temprano todos encontramos la respuesta que andamos buscando a la pregunta primera que nos hacemos. No importa el tiempo, el lugar, el espacio: se acaba encontrando. Y yo le tenía cariño a mi personaje y quería que él también, fuera cuando fuera, la encontrara y pudiera iniciar una nueva vida hacia sí mismo. Por eso le di ese final contundente.

P: A mí solo me queda invitar a los lectores a que lean tu novela porque merece la pena. ¿Quieres añadir algo más?

R: Sólo darte mis más profundas gracias por esta estupenda entrevista y pedir contigo a los lectores que acompañen a mi protagonista en todas sus dudas y sus vivencias hasta llegar con él a ese giro definitivo en su vida.
Muchísimas gracias, Pilar.

Entrevista publicada en MadridPress

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Narrativa española CINCO NOTAS (EN PAPEL)
CARMEN FRIAS , 2017IMG_6789
Nº de páginas: 204 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: XORKI
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788494521461

Una magnífica descripción de las risas, los gestos y las aventuras de un grupo de amigos de la sociedad media-alta en una ciudad del litoral de los años sesenta y, entre ellos, de la vida de un adolescente aferrado a un amor imposible que le durará toda la vida y que le conducirá a una conclusión que desasosiega.
Si muchos autores hacen que los actores de sus novelas desconozcan la verdad de la historia, que sólo le es revelada al lector-testigo para lograr mayor tensión narrativa en este caso el lector participa en todo momento de las preguntas sin respuesta del protagonista hasta llegar con él a un final de superación inesperado.
Carmen Frías, que ya se adentró en una trama cargada de poesía en su reveladora novela Ora pro nobis, supera en Cinco notas la combinación de prosa y poesía como instrumentos indisolubles para investigar la naturaleza humana.
16.80

EN TODAS LAS LIBRERÍAS

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La tercera España 

… lo primero que se ha de constatar tras la lectura de esta digna e interesante novela, Ora pro nobis, es que Xorki, esta nueva editorial, al menos como declaración de intenciones o listón ético y estético de lo que querría ser su futuro catálogo, se presenta en sociedad con una novela distinta: comprometida con la literatura y con la política (en su sentido más noble y etimológico), en este caso más que con la política (de polis), habría que decir con la asamblea (de ecclesía): Clásica en la forma, bien construida, bien escrita, bien estructurada, sin desfallecimientos.
En unas apretadas 280 páginas nos quiere desentrañar, con profunda delicadeza y lirismo, el alma de un ser humano asesinado durante las malas horas de la República en esos pueblos españoles (en este caso en una aldea perdida de Castilla) donde tantas veces se usaron las contiendas políticas e ideológicas como brutal excusa para dirimir asuntos personales, odios larvados, riñas familiares, rencillas, rencores ancestrales, ajustes de cuentas por unas lindes o unos dineros: ya sabemos. El horror, que dijo el capitán Kurtz en pleno corazón de las tinieblas.
Lo que Carmen Frías nos presenta, insisto, con exquisita elegancia y ameno estilo, en forma de diario, son las vicisitudes de un alma buena, Manuel, un muchacho de pueblo que, tras años de estudio en la capital vuelve al hogar, a su infancia, a sus recuerdos, a su familia madrastra y esquiva, a los amigos, a sus creencias más íntimas, y se topa de hoz y coz con el advenimiento de la República, en abril del 31, las primeras algaradas de alegría, los encontronazos con el clero más reaccionario y difidente del nuevo régimen anticlerical y laico, por miedo a perder sus ancestrales privilegios y atemorizado por el cariz que toman algunos vandalismos anticatólicos; así como se nos retratan los crecientes rencores de los más ideologizados en el nuevo panorama político, como el alcalde; las primeras leyes (constitución incluida) y cómo estas van afectando poco a poco a la microhistoria del lugar: desde la llegada del agua, la quita de los crucifijos de la escuela, o la prohibición de las procesiones en la calle.
Manuel, el protagonista, es un muchacho sensible, católico, republicano… y homosexual. A través de sus diarios vamos tomando conciencia de su desarrollo personal, emocional, existencial, espiritual, en una clave muy bien temperada de novela de aprendizaje. Sus miedos, sus fantasías, sus anhelos, sus amores, sus rechazos, sus silencios… las contradicciones que vida e ideología, amor y fe, sensualidad y creencia le llevan a habitar una vida pobre, enferma, escondida, sufriente, como la de tantos otros que sostenían vitalmente estas u otras (aparentes) contradicciones.
La trama se complica y acucia porque toda ella se nos narra desde nuestro presente histórico, en concreto en el contexto religioso de la canonización de un monseñor español, marqués para más señas, y por el deseo del papa Juan Pablo II de aupar a la beatificación, en masa, a todos los “mártires” de la contienda civil española del bando vencedor. En esa misma saca se incluyó el proceso del bueno de Manuel, asesinado en el verano de 1933, en extrañas circunstancias, por una horda de borrachos extremistas. Pues bien, su propio cuñado hace llegar al procurador de la causa para su beatificación este diario íntimo que nosotros ahora leemos a la vez que el anciano fraile, paisano y compañero de juegos de Manuel en su mutua infancia. El resto, amigo lector, lo habrás de descubrir tú.
Lo que sí anoto, para ir cerrando mi reseña, es que en medio de esta vida tortuosa y silente se lanzan una serie de preguntas “de rabiosa actualidad”; las más interesantes, las que apelan a esa tercera España (como la que retrata el gran Chaves Nogales) que se vieron, muy pronto, azuzados por ambos bandos, republicanos convencidos, acaso creyentes, o no, pero nunca facciosos de la reacción ni extremistas bolcheviques, se quedaron solos y en medio, y como dice Manuel, con un deje de buen humor insólito en víspera de su asesinato, cuando intuye que van a venir a por él y no está seguro de qué bando será el primero en atacarle. Hasta fantasea, con suma gracia patética, en que los dos bandos se topen en el camino yendo a su casa.
….
Insisto, una novela distinta, dulce y valiente, compasiva, serenamente crítica, que se sale de la norma, muy bien escrita y que está orgullosa de ser diferente. Deseemos que tenga suerte, ella y sus editores. Se lo merecen.

Extracto de la reseña del profesor Ángel García Galiano a Ora pro nobis.

El doctor García Galiano es profesor de teoría de la literatura en el Departamento de Lengua Española y Teoría de la literatura y Literatura comparada en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid.

 

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Narrativa y sensibilidad: Carmen Frías

Carlos Javier González Serrano / 23 mayo, 2017

 

Oscar Wilde se refería al dolor en uno de sus textos más célebres, editado y conocido bajo el título De profundis, como un sentimiento único tras el que siempre se esconde un alma singular, humana, sintiente. En este documento de incalculable valor histórico y literario, Wilde refleja su ambición por hacerse cargo de su vida pasada, por asumir todos aquellos errores que pudo cometer a lo largo de los años. Y es que “hay en el dolor una intensa y extraordinaria realidad” que no se deja sortear.

Este movimiento de regresión biográfica, aunque esperanzado, alberga un carácter incómodo de primera magnitud: enfrentarse a la posible incriminación de una culpa que no siempre es justa, merecida, ni siquiera esperada. Como es sabido, Wilde cumplía condena en la cárcel, acusado de sodomía y homosexualidad, mientras redactaba De profundis. “Todo cuanto se hace hay que pagarlo”, aseguraba el irlandés, sumido en una acuciante depresión de la que no sabía –a ciencia cierta– si sentirse víctima. ¿Somos culpables de todo por lo que hemos de pagar?, se preguntaba Wilde, acosado por la mirada de los inquisitivos días de su pasado.

El sello independiente Ediciones Xorki publicó hace unos años Ora pro nobis, novela de Carmen Frías –sin duda una de las mejores escritoras del panorama narrativo español– en la que se relata el tortuoso camino anímico, psicológico y social que Manuel –joven protagonista de la narración– se ve obligado a recorrer en busca de una acaso imposible libertad de espíritu, envuelto en uno de los episodios más turbulentos de la historia de España, cuando el país afrontaba su segundo y fallido ensayo republicano.

Miedo, soledad, inseguridad, y sólo saber que el camino espera y que hay que andar con esta tragedia de una elección definitiva, de un estilo de vida que me hará para siempre. El desconcierto.

Se trata de una obra en la que, con sensibilidad extrema y singular, la autora aborda la peliaguda relación entre Iglesia, Estado y homosexualidad, a través de la biografía (en forma de diario, y por tanto, de confesión) de un joven que no puede dejar, a su vez, de hacerse cargo de un insoslayable sentimiento religioso –siempre encauzado a través de la figura humana de Cristo–.

¿Para qué o por qué vivir? Supongo que por inercia, o por un vago resquicio de fe, o simplemente por pereza, por la dulce pereza de afeitarse todos los días parsimoniosamente, de vestirse con lentitud, de mirar con fatiga, y seguir así, hora tras hora, con la única confianza puesta en esta enfermedad del alma que, tarde o temprano, acabará con toda posible alegría. Esperar con resignación que los días se alarguen, esperar sin saber cómo ni con qué llenar este tremendo hueco de la existencia que se conforma en el espacio de mi cuerpo. ¿Para qué vivir? ¿Para qué habré vivido yo? ¡Qué sinsentido!

La figura de Manuel es abordada desde todos los puntos de vista (político, social, sexual, religioso, etc.), lo que hace escapar al relato de la mera narración, convirtiéndolo con sobresaliente habilidad en una revisión muy acertada de algunos prejuicios eclesiásticos aún insultantemente vigentes. Una obra muy recomendable para destapar, desde la imparcialidad y un crítico respeto, algunas de las vergüenzas de nuestros días, al hilo de una historia que desgarrará y alentará dulcemente, por su sinceridad y cercanía, el corazón del lector.

El tiempo: el agobio del tiempo. Llega un momento en que empieza a acompañarte todos los días, sin saber muy bien cómo, cuándo, ni por qué este agobio se ha instalado en ti. Cuando era pequeño dejaba resbalar el tiempo y vivía más feliz. […] Mis horas no tenían que ser productivas, sólo mías, para vivirlas, para disfrutarlas, para compartirlas, sin más.

Se publica ahora, en la misma editorial, la nueva y brillante novela de esta magnífica autora alicantina con el título de Cinco notas. Un relato en el que su protagonista, Oché, ha de reencontrarse –al igual que el Wilde de De profundis– con su pasado, con una carga de la que no se hace plenamente consciente hasta que la entrada de la senectud hace oscura (pero esclarecedora) presencia.

Al igual que en Ora pro nobis, la emotiva pluma de Carmen Frías nos enfrenta a los más comunes demonios humanos. La vida de Oché se desliza ante los ojos del lector como parte de un escaparate en el que sólo es posible observar: nada de lo que allí se muestra puede alcanzarse, tocarse, modificarse. Aquel pasado, impertérrito, sólo espera a ser juzgado, aunque bien sabe que el veredicto de tal juicio no ha de alterar su incólume naturaleza: perseverar en el Ser de lo acontecido para siempre.

Pero también la luz, en forma de esperanza, se da cita en Cinco notas. La biografía de Oché muestra igualmente, con matices de agridulce alegría y el resplandor propio de tiempos mejores, que la existencia, aun plegándose raramente a nuestros deseos, siempre guarda sorpresas imposibles de prever. El amor, la amistad, la adolescencia perdida pero siempre evocada y evocativa, la espera de lo anhelado, la pasión desbordada, etc., son indicios de que la vida se abre siempre paso a pesar de las desdichas no anunciadas, inevitables. Carmen Frías abre en Cinco notas el espacio de combate donde necesidad y libertad pujan por adueñarse del ánimo del protagonista, que se debate en una lucha incesante entre lo posible y lo imposible, entre lo irrecuperable y lo todavía por hacer. Aspectos que hacen de esta obra una suerte de Bildungsroman “invertida”: Oché cobra consciencia, ya pasado el tiempo, de que no podrá volver a manejar las circunstancias de su pasado, e intenta sacar provecho, en los años de su postrera madurez, de las enseñanzas que ese carácter imperturbable de lo ocurrido le ofrecen.

Cinco notas es una novela versátil, dinámica, amablemente trágica, sensible, cercana y a la vez plagada de ricos símbolos: el mar, omnisciente y cadente, las fotografías que rememoran lo que nunca volverá, la muerte que cercena la ilusión, el presente que engaña con argucias de inmediatez, el pasado aleccionador, el futuro pavoroso y tranquilizador. Carmen Frías muestra de nuevo su dominio del aparato narrativo para hacernos partícipes de la indescriptible hondura del corazón humano. Una novela que emociona de principio a fin y que muestra, con suma delicadeza, el carácter bifronte de esta terca existencia, sumida en una oscuridad que, en ocasiones, queda ninguneada por fulgurantes y maravillosos destellos.

(Publicado en “El vuelo de la lechuza”)

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