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¿Por qué los políticos quieren tener títulos universitarios?

Con los últimos acontecimientos en sede universitaria muchos acusan y otros disimulan, pero nadie se pregunta ni por qué ni para qué. Yo querría descender un poco y hacerlo.

En nuestra anterior democracia (la de la II República) y tras unos días de euforia semejantes a los de la última transición, se constituyó un Congreso con muchos próceres. No sólo estaban Manuel Azaña, Acalá Zamora, Maura, Sánchez Albornoz y tantos otros, también formaban parte de sus filas Gregorio Marañón, Ortega y Gasset o Pérez Ayala y, como solían sentarse juntos, el resto de los diputados llamaba a su zona “el Olimpo”.

Pero como de todo había en aquél Congreso y la política es lo que es, no tardaron demasiado en abandonar esta actividad.

En la Edad Media, cuando las familias no sabían qué hacer con sus segundones no demasiado brillantes los destinaban a la curia o les buscaban un sitio en lo que entonces podíamos considerar nuestros actuales Ministerios.

Hoy en día hay un camino más fácil para los segundones poco cualificados que quieren prosperar. Es la política.

Y, así, el Congreso se nos ha llenado de gentes de buenas intenciones, no cabe duda, pero también de otros que, aferrados a su escaño, lo único que pretenden hacer con su actividad es perseverar y medrar (por eso se habla mucho del bien de cada partido, pero poco del bien de todos los españoles).

Y como seguramente se avergüencen de su actividad y de las razones que la fundamentan y de los conocimientos en que se apoyan para ejercer algo en nombre de todos (seguro que si se analiza en profundidad más de uno aparecería con estas ínfulas), quieren ponerse medallas de conocimiento y sabiduría para justificar su presencia, como si sus solas caras o sus solas intervenciones no la hiciera a todas luces injustificable, pues de su cortedad ellos mismos dan cuenta.

Y esto, además, al parecer, por los medios que sea (incluso con el riesgo del prestigio de la Universidad), que es lo indignante.

Para quien ha tardado años, muchos años, en investigar y redactar una tesis doctoral cum laude por unanimidad defendida en la Universidad Complutense ante un Tribunal compuesto por Carvajal, Artola, Gutiérrez Mellado y otros vocales de su talla, y que, además, jamás ha hecho uso de esa tesis para  prosperar en carrera alguna ni universitaria ni, desde luego política (es liberador no pertenecer a partido alguno y poder opinar sobre todos sin sometimiento a disciplina de voto) sino como mera culminación de sus estudios, es una afrenta, una verdadera afrenta, que políticos surgidos de la nada quieran reírse en la cara de todos los españoles autoimponiéndose unas medallas de las que, según parece, carecen.

Lo peor es no saber por qué ni para qué quieren hacer esto, y por los medios que sean. ¿Qué necesidad narcisista tienen de reírse de todos los ciudadanos así?

Eso es lo que no acabo de entender.

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