Reseñas de autores

Reseñas de autores: Pedro Salinas: ¿el poeta del amor de la generación del 27? Una interpretación crítica

En el prólogo que Montserrat Escartín escribe para La voz a ti debida, Razón de Amor y Largo Lamento (Cátedra, 1995, 2003),  se decanta por la defensa del autor como un escritor del amor. Así, tras recordarnos a J. González Muela (prólogo a La voz a ti debida y Razón de amor, Clásicos Castalia, 1979) y estar de acuerdo con él en que la mujer referente de Pedro Salinas no es nadie idealizado, sino “una mujer de carne y hueso” (que ni Escartín ni González Muela desvelan), señala que:

En resumen, las razones esgrimidas por el yo poético saliniano para defender su actitud amorosa hacia la amada, a lo largo de 51 poemas (en Razón de amor) se basan en la idea del amor como sistema de conocimiento que mejora individualmente, y que no pasa por el discurso intelectual sino por el sentimiento, la intuición o la vivencia, cuyo resultado es la complitud del hombre y su formación integral gracias a la amada.

La voz a ti debida.jpgNo cabe duda de que este análisis, aun sin crítica alguna, es de lo más acertado, pues no otra cosa que encontrarse a sí mismo y construir su yo individual es lo que busca el autor en la amada, con un fuerte egoísmo, tanto del poeta como del hombre. Y este egoísmo se revela en muchos de sus versos (no en todos, es cierto, pues varios son de puro amor hacia ella), pero sí incluso en algunos en que, engañosamente, parece que sólo le hable de ella y para ella. En el fondo está siempre adornando el camino para hablar de él, para envolverla, para hacer que le dé lo que busca.

Pedro Salinas (1891-1951) se casó con la alicantina Margarita Bonmatí en 1915. Pero mientras en 1932 andaba colaborando en la creación de la Universidad Internacional de Santander, conoció en unas clases que impartía en Madrid a la norteamericana Katherine R. Whitmore, seis años menor que él, su musa irrefutable, sujeto de sus tres principales obras y receptora de más de trescientas cartas de amor paralelas a su poesía y única prosa realmente interesante del poeta (parece que fue un descubrimiento repentino que nos recuerda al verso “Yo no necesito tiempo para saber cómo eres: conocerse es el relámpago”).

Estas cartas fueron guardadas por Katherine hasta que autorizó que fueran publicadas a los veinte años de su muerte, en 2002, acompañadas, en su final, de unas breves líneas de su puño, pero se negó a que sus contestaciones a Salinas fueran conocidas. Son, pues, unas cartas truncadas en las que la amada sigue situada, para nosotros, en ese limbo real y perdido en el que el poeta la mantuvo.

Mujer de carne y hueso, sí, como dicen los críticos, pero creada y recreada por él y para él, para encontrar en ella la culminación de su yo individual.

Es por eso que en los párrafos de Whitmore leemos cosas tan sorprendentes como que desde el momento en que Salinas la conoció, comenzó, la “persecución”. Una persecución que iba a ser fundamentalmente blanca (como se revela en el famoso verso sobre la mañana pasada en Ifach) en La voz a ti debida y en el que el poeta nos cuenta cómo desea que su amor sea libre, sin que ningún alejamiento lo empañe y sin tener que pedir perdón por él:

¡Qué día sin pecado!
La espuma, hora tras hora,
infatigablemente,
fue blanca, blanca, blanca.

Ni volver la cabeza
ni mirar a lo lejos
aquel día supimos
tú y yo. No nos hacía
falta. Besarnos, sí.
Pero con unos labios
tan lejos de su causa,
que lo estrenaban todo,
beso, amor, al besarse,
sin tener que pedir
perdón a nadie, a nada.

Salinas P.jpg

Una “persecución” esencialmente blanca, sí, pero cuya mayor pretensión era deslumbrarla para hacerla idealmente suya, para que le sirviera.

Esta relación se extendió de 1932 a 1945, aunque fue enfriándose desde que Katherine se enteró de que la esposa de Salinas había intentado suicidarse al tener noticia de la infidelidad. Katherine no estaba dispuesta a entrar en un juego que, al parecer, a Salinas le dejaba impasible por más que siguiera ocupándose de su familia, y, por eso, ella acabó casándose con su colega Whitmore.

Vidas interesantes, rotas, creativas, de mutuo deslumbramiento, con fugaces tiempos de felicidad y otros de separación y amargura. Esa es, en resumen, la vida de don Pedro Salinas, unos de los grandes poetas de la generación del 27 que seguramente no hubiera sido tal sin la presencia y sin la invención de Katherine (invención sí, pues ella misma destaca cómo La voz a ti debida –el más significativo volumen de la trilogía amorosa– poco tiene que ver con la persona que provocó su concepción), idea en la que insiste, con gran cariño, en el final del escrito que cierra el volumen de las cartas, redactado varios años después de la muerte del poeta:

El final fue triste pero inevitable. Quizá hubo un “error de cálculo”, tal como sugiere uno de sus poemas. O mejor, “error sin cálculo”. Como quiera que fuera sucedió y fue glorioso en su momento. Acabó sin amargura. El cariño que sentíamos el uno por el otro no podía morir. Él me ayudó en más maneras de las que puedo contar y estoy infinitamente en deuda con él. Y yo, ¿qué le aporté yo a él? Fuera un error o no, fui yo quien le dio el ímpetu para crear su mejor poesía en las alegrías y en las penas. Ambos deberíamos estar satisfechos.

Es Spitzer quien con mayor acierto nos revela esta situación (y la misma Katherine está de acuerdo con él) y a quien cita Enric Bou en el prólogo a la publicación de las cartas:

Decía Spitzer –señala Bou– que la mujer amada era negada en los poemas de La voz: “No conozco poesía de amor donde la pareja amorosa se reduzca hasta tal punto al yo del poeta, donde la mujer amada sólo viva en función del espíritu del hombre y no sea más que un “fenómeno de conciencia” de éste. Aseveración con la que no puedo estar más de acuerdo, aunque a Jorge Guillén le pareciera, lógicamente, una “conclusión monstruosa”, dada su amistad entrañable con Salinas.

Siempre se ha considerado La voz a ti debida el más importante canto de la trilogía amorosa por ser el más espontáneo, pasando a ser Razón de amor más analítico, como un examen de lo sucedido, y Largo lamento (libro con el que Salinas no estuvo nunca satisfecho) la culminación del adiós. Y es precisamente en La voz, con toda la espontaneidad con que sus versos fueron escritos (decía Salinas en una de sus cartas –sin aludir a su potente don poético– que le resultaba más fácil escribir versos “porque se escriben pronto, porque se escriben corriendo, en un momento”), donde ya se revelan todos los afanes y búsquedas del poeta, que, en ocasiones, no pretende ser más que un Pigmalión que crea para sí mismo, no para su remitente, sino para su propósito:

Ahí, detrás de la risa,
ya no se te conoce.
Vas y vienes, resbalas
por un mundo de valses
helados, cuesta abajo;
y al pasar, los caprichos,
los prontos te arrebatan
besos sin vocación,
a ti, la momentánea
cautiva de lo fácil
“¡Qué alegre!”, dicen todos.
Y es que entonces estás
queriendo ser tú otra,
pareciéndote tanto
a ti misma, que tengo
miedo a perderte, así.

Propósito que le lleva, a veces, a expresiones de indudable dureza:

Se te está viendo la otra.
Se parece a ti:
los pasos, el mismo ceño,
los mismos tacones altos
todos manchados de estrellas.
Cuando vayáis por la calle
juntas, las dos,
¡qué difícil el saber
quién eres, quién no eres tú!
Tan iguales ya, que sea
imposible vivir más
así, siendo tan iguales.
Y como tú eres la frágil,
la apenas siendo, tiernísima
tú tienes que ser la muerta.
Tú dejarás que te mate,
que siga viviendo ella,
embustera, falsa tú,
pero tan igual a ti
que nadie se acordará
sino yo de lo que eras.
Y vendrá un día
–porque vendrá, sí, vendrá–
en que al mirarme a los ojos
tú veas
que pienso en ella y la quiero:
tú veas que no eres tú.

Ella ha de ser como él necesita que sea porque, al fin y al cabo, ha inventado que de su existencia dependa su ser. De ahí la importancia de configurarla a su modo, pidiendo, además, que no deje de reconocer, a su vez, que su existir depende de que el poeta la afirme (“… haber llegado yo / al centro puro, inmóvil, de ti misma. /Y verte como cambias –y lo llamas vivir– en todo, en todo sí, / menos en mí, donde te sobrevives”), la haga él ser ella (aun sintiendo que es un sueño que él construye para darle realidad o que no es su amor verdadero sino su invención):

Pero sin permitirle que olvide que el artífice real del amor, o incluso de ella misma, es él (“… un día entre todos llegaste a tu amor por mi amor”).

Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en lo alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él,
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.

Esfuerzo glorioso para el poeta el de alumbrar a su amada, y aun con el riesgo de que nada de todo cuanto inventa sea cierto, como si el solo hecho de este alumbramiento fuera de por sí suficiente:


Y estoy abrazado a ti
sin preguntarte, de miedo
a que no sea verdad
que tú vives y que me quieres.

No vaya a ser que descubra
con preguntas, con caricias,
esa soledad inmensa
de quererte sólo yo.

Porque puede que incluso el dolor le compense con creces la inexistencia de la situación, que sobre un ser de carne y hueso, él ha creado para sobrevivirse en su puro sentir, notándose, así, vivo:

No quiero que te vayas,
dolor, última forma
de amar. Me estoy sintiendo
vivir cuando me dueles

en el amor con ella
y todo lo que fue.
En esa realidad
hundida que se niega
a sí misma y se empeña
en que nunca ha existido,
que sólo fue un pretexto
mío para vivir.
Si tú no me quedaras,
dolor, irrefutable,
yo me lo creería;
pero me quedas tú.
Tu verdad me asegura
que nada fue mentira.
Y mientras yo te sienta,
tú me serás, dolor,
la prueba de otra vida
en que no me dolías.
La gran prueba, a lo lejos,
de que existió, que existe
de que me quiso, sí,
de que aún la estoy queriendo.

Para acabar revelando claramente, al fin, en el último verso de La voz (con esos hermosos adjetivos que Francisco Umbral hizo suyos para dar título a su conocido libro Mortal y rosa) que, al fin y al cabo, es el propio amor el que ha de encargarse de inventar su infinito, supremo anhelo del poeta, aunque éste se haya nutrido de meras sombras:

¿Las oyes cómo piden realidades,
ellas, desmelenadas, fieras,
ellas las sombras que los dos forjamos
en este inmenso lecho de distancias?

Se dormirán al fin en nuestro sueño
abrazado, abrazadas. Y así luego,
al separarnos, al nutrirnos sólo
de sombras, entre lejos,
ellas
tendrán recuerdos ya, tendrán pasado
de carne y hueso,
el tiempo que vivieron en nosotros.
Y su afanoso sueño
de sombras, otra vez, será el retorno
a esta corporeidad mortal y rosa
donde el amor inventa su infinito.

(Publicado en “El vuelo de la lechuza”)

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