Reseñas de autores

Reseñas de autores. Las mujeres de Sófocles

Tenemos ya el primer ejemplo en Yocasta, la madre-esposa de Edipo (una de las  madres despiadadas de las que Sófocles habla), cuando, enterada de las desavenencias que existen entre él y su hermano Creonte, no duda en ejercer su autoridad  con estas palabras:

¿Por qué, desgraciados, habéis suscitado esta discusión irreflexiva? ¿No os sentís avergonzados de dar rienda suelta a rencillas privadas, cuando el país se ve tan cruelmente castigado? Entra en tu palacio, Edipo, y tú, Creonte, vuelve a tu casa. No convirtáis una cosa fútil en un gran dolor.

Y, más adelante, cuando Edipo intenta disculparse acusando a Creonte, le contesta como una jueza inflexible: “Habla, y que vea yo si tus agravios justifican claramente vuestras disensiones”, para continuar, después, queriendo ser la intermediaria ante Apolo para que resuelva el drama que vive la ciudad, quejándose de que sus consejos no influyen en Edipo. Y, aún más, se vanagloria ante Edipo de que ella le había revelado hacía tiempo que los oráculos de Delfos no tenían crédito, e incluso, para reírse de ellos, le recomienda que no le asuste “el ayuntamiento con tu madre, pues numerosos son los mortales que en sueños han compartido ese lecho materno”. Después, dejándonos con la duda de si conoce o no la historia que está viviendo con su hijo, se erige en la que aconseja:

En nombre de los dioses, si tienes por tu vida alguna preocupación, abandona esas investigaciones. Bastante tengo yo con mi desgracia […] no hagas nada por saber.

¡Oh, desgraciado! ¡Ojalá jamás puedas saber quién eres!

Sofocles tragedias Alianza.jpgSeguidamente entra en palacio y se suicida, dejándonos con la incertidumbre final de lo que sabía.

En otra tragedia, Edipo en Colono, nos encontramos al rey, ya ciego por haberse clavado en los ojos los broches del vestido que llevaba su madre-mujer, acompañado por sus dos hijas: Ismena y Antígona, y comienzan a aparecer aquí los dos caracteres tan distintos de estas dos mujeres. Resulta curioso que Edipo, vagando por el bosque con sus hijas, implore a las diosas y no a los dioses para que acudan en su ayuda, cosa que, por lo demás –y según nos revela Corifeo–, hacen todos los atenienses en “ese bosque sagrado de inexorables vírgenes, cuyo nombre temblamos de pronunciar…”. A continuación, Antígona, la virgen más excelsa de la creación de Sófocles, es la sabia que aconseja a Edipo: “Padre mío, obligado es acomodarse a las mismas costumbres que las gentes del país, cediendo, obedeciendo, cuando es necesario”. Hasta tal punto que el padre reconoce la autoridad de la hija: “¿Qué tengo que hacer, hija mía?”.

Edipo irá incluso más allá al evidenciar la diferencia entre sus hijos y sus hijas: “De vosotros cuatro, hijas mías, los que tendrían que preocuparse de su padre se quedan en el hogar como doncellas (lo cual no es cierto pues los dos hermanos, Polinices y Eteocles, están batallando entre ellos por el trono de Tebas), y vosotras dos, en su lugar, soportáis dolorosamente las miserias de vuestro desgraciado padre”. Y añadirá después: “… estas dos hijas, a pesar de la debilidad de su sexo, emplean todas las fuerzas que la Naturaleza les ha dado en procurarme el sustento, un asilo seguro y el calor de su piedad filial”.

Esta devoción de las hijas pone de manifiesto el distinto carácter de las dos. Ismena no ha hecho más que quejarse de sus desventuras, mientras Antígona ha guardado silencio. La doblez de la hermana mayor se revela enseguida cuando ruega: “… quédate, Antígona, y cuida de nuestro padre: cuando los hijos sufren fatigas por aquellos que les dieron la vida, no deben siquiera guardar recuerdo de ellas”. Diferencia entre las dos que se pone más de relieve cuando Creonte, su tío y futuro tirano de Tebas, habla de los pesares que sufre Antígona –al tiempo que destaca la condición en que vivía la mujer griega, a merced del varón– al dirigirse a Edipo:

… jamás hubiera yo creído que tu hija podría caer en el grado de miseria en que se encuentra, la desgraciada, por cuidar de tu vida, por asistirte en tu ceguera, llevando una existencia de mendiga en la edad en que está, sin esposo, a merced del primero que quiera raptarla.

Mas Antígona demuestra su fortaleza al aconsejar a Edipo que reciba a su hijo Polinices y que acceda a sus deseos (“Hija mía, doloroso es el triunfo que logran sobre mí tus palabras: sea, pues, como gustéis”) y es ella, también, la que dirigirá la situación cuando, llegado su hermano, ordene a éste que hable y exponga las razones de su presencia, presencia que irrita a Edipo al considerar que es él quien le ha expulsado de Tebas, hasta el punto de asegurar:

Si no hubiera engendrado a estas dos hijas que sostienen mi vida, ciertamente hubiera muerto, y tú habrías sido el causante. Son ellas las que prolongan mi existencia, son ellas mi sustento; son hombres, y no mujeres, para compartir mi miseria.

Antígona.jpg

Al final, tras la muerte de Edipo, vuelve a ser Antígona la que sufre con valor mientras Ismena no hace más que lamentarse sobre su futuro, al que la hermana acabará haciendo frente al decidir regresar a Tebas para intentar impedir la muerte de sus hermanos.

Así concluye Edipo en Colona, anticipo de la que será la gran tragedia de Sófocles y que lleva el nombre de la hija, Antígona, que enfrentará el dilema de cumplir las normas o cumplir la justidia; esto se plantea  nada más comenzar la obra y vuelve a revelar el carácter tan distinto de las dos hermanas cuando, muertos ya los hermanos, uno a manos del otro, es enterrado el usurpador del trono con honores, mientras el primogénito es condenado a permanecer expuesto en tierra por orden de su tío, el nuevo tirano de Tebas, Creonte; Antígona quiere darle sepultura, contraviniendo toda disposición, mientras Ismena lo único que intenta, en su cobardía, es contemporizar, acogiéndose, una vez más, a la inferioridad de la mujer ante los hombres:

¡Ahora que nos hemos quedados solas tú y yo, piensa en la muerte aún más desgraciada que nos espera si a pesar de la ley, si con desprecio de ésta, desafiamos el poder y el edicto del tirano! Piensa además, ante todo, que somos mujeres, y que, como tales, no podemos luchar contra los hombres; y luego, que estamos sometidas a gentes más poderosas que nosotras y por tanto nos es forzoso obedecer sus órdenes aunque fuesen aún más rigurosas…

Sigue a ello un hermoso diálogo en el que Antígona se reafirma en su idea de enterrar al hermano contraviniendo las disposiciones, llegando a decir a su hermana que aunque luego quisiera ayudarla, ya no le sería grata. Ante su consejo de guardar secreto, profiere: “Dilo en todas partes. Me serías más odiosa callando la decisión que he tomado que divulgándola”. Pero la otra insiste: “No hay que perseguir lo imposible”. Y Antígona, enarbolando un deseo, el de la gloria, poco reconocido a las mujeres griegas, salvo a las diosas:

Si continuas hablando así serás el blanco de mi odio y te harás odiosa al muerto a cuyo lado dormirás un día. Déjame, pues, con mi temeridad afrontar este peligro ya que nada me sería más intolerable que no morir con gloria.

Sófocles Alianza Electra.jpgPostura de valor que Antígona refuerza al ser llevada ante Creonte para ser castigada por haber enterrado a su hermano: “No tenía, pues, por qué yo, que no temo la voluntad de ningún hombre, temer que los dioses me castigasen por haber infringido tus órdenes”. A lo que añadirá: “No he nacido para compartir el odio, sino el amor”. Y esta será la respuesta de Creonte: “Ya que tienes que amar, baja, pues, bajo tierra a amar a los que ya están allí. En cuanto a mí, mientras viva, jamás una mujer me mandará“.

Ante el castigo de Antígona, su hermana Ismena se arrepiente y desea unirse a ella, pero la heroína es inflexible: “Quien me ama sólo de palabra, no es amiga mía”. “¡Malhaya mi desgracía –exclamará Ismena–. ¿No podría yo compartir tu muerte?”. “Tú has preferido vivir; yo, en cambio, he escogido morir”. E Ismena se conforma con una vaga afirmación con la que quiere justificar su actitud: “Pero al menos te he dicho lo que tenía que decirte”, y ante la pugna de palabras que sigue entre las dos, Creonte, el hombre, emitirá su juicio: “Estas dos muchachas, lo aseguro, están locas. Una acaba de perder la razón; la otra la había perdido desde el día en que nació”.

Seguidamente sobrevendrá el enfrentamiento entre Creonte y su hijo Hemón, amante de Antígona, que quiere convencer al padre para que revoque su sentencia, ante lo que aquél le contestará: “Es mejor, si es preciso, caer por la mano de un hombre, que oírse decir que hemos sido vencidos por una mujer”. Para añadir: “Está bien claro que te has convertido en el aliado de una mujer” y rematarlo con: “¡Oh, ser impuro, esclavizado por una mujer!” o “¡Vil esclavo de una mujer, cesa ya de aturdirme con tu charla!”. A lo que el hijo contesta: “Si no fueras mi padre, diría que desvarías”.

Como es sabido, Antígona es condenada a ser enterrada en una cueva, pero ella, asumiendo su destino, se ahorca.

Si la heroicidad y tenacidad de Antígona ante la injusticia de las leyes es un referente universal, la pugna entre dos caracteres femeninos, también entre dos hermanas, se pone más de relieve en Electra. La primera novedad de esta obra es que el coro es enteramente femenino; la segunda no es novedad: la madre no sale bien parada y, así, Clitemnestra, viuda de Agamenón –a quien su amante, Egisto, ha asesinado– es el compendio de todos los males para su hija Electra, a quien siempre apoyará el coro, en una clara expresión de sororidad. Frente a ello, a Electra le toca en suerte una hermana aún peor que la Ismena de Antígona, Crisóstemis, que, como aquella, quiere contemporizar con madre y amante. Frente a ello Electra no hace más que esperar el regreso de su hermano, Orestes, para que vengue al padre (por más que Agamenón no había dudado en sacrificar a su otra hija, Ifigenia, para vencer en sus batallas), pero eso a Electra le da igual, pues no perdona la postura de la madre:

¿Dirás que obras así para vengar a Ifigenia? En todo caso no la vengas sin ignominia, ya que es infamante desposarse con un enemigo por causa de una hija. Pero ni siquiera es posible darte un consejo, porque en seguida gritas por todas partes que injurio a mi madre. ¿Tú mi madre? Más bien eres una dueña tiránica para mí… publica ante todos, si así te place, que soy mala, violenta, desvergonzada; que si en todo eso sobresalgo, en nada deshonro, creo yo, la sangre que de ti he recibido.

En ese enfrentamiento entre madre e hija, la madre sólo quiere preservar el ideal de vida que se ha forjado: “… si alguien proyecta despojarme pérfidamente de la opulencia en que vivo, no lo permitas [se dirige al dios Febo]; por el contrario, dame una vida siempre próspera y concédeme seguir siendo señora de este palacio y dueña del cetro de los Átridas, viviendo días felices con los amigos que hoy comparten mi vida y con aquellos de mis hijos que no tienen para mí ni desamor ni rencores”. A los otros, al mismo Orestes, de quien le han dicho que ha muerto, no los quiere ni ver.

Ante ello, Electra no hace más que lamentar su dependencia de los demás por ser mujer y, así, dice, refiriéndose a su madre, tras la noticia de la muerte de Orestes:

¿Creéis vosotras que se va apenada y dolorida? ¿Habéis visto lo mucho que ha llorado y lamentado, la miserable, la triste muerte de su hijo? Al contrario, se ha marchado riendo. ¡Qué infortunada soy! Querido Orestes, ¡qué perdida me dejas con tu muerte! Te vas y me arrancas del corazón las únicas esperanzas que me quedaban: verte volver lleno de vida para vengar a tu padre, para vengarme a mí, desgraciada. Y ahora, ¿adónde puedo ir? Me encuentro sola, sin ti, sin mi padre. ¿Habré de continuar siendo esclava de estos seres, los más odiados en el mundo, estos asesinos de mi padre?

Óleo-en-tabla-de-1614-obra-de-Pieter-Lastman-Orestes-y-Pílades-discuten-ante-el-altar.jpg

Se decide a salir del palacio y renunciar a su existencia junto a los suyos, a quienes detesta. Le propone a su hermana que se una a ella para asesinar al amante de su madre, y, así, ya que Orestes no existe para ayudarlas, dar cumplida cuenta de la venganza, persiguiendo, como Antígona, la gloria de la justicia:

He aquí lo que todo el mundo dirá de nosotras, tanto en vida como después de nuestra muerte: la gloria nunca nos faltará. Vamos, querida hermana, pon término a mis desgracias y a las tuyas, convencida de que es un oprobio para gentes bien nacidas llevar una vida vergonzante.

Pero Crisóstemis se opone:

¿Dónde has podido dirigir tu vista para armarte a ti misma de tamaña audacia e invitarme a mi ayudarte? Pero ¿es que tú no lo ves? Has nacido mujer y no hombre; tu brazo tiene menos fuerza que el de tus adversarios… Tus palabras las guardaré dentro de mí como si no las hubieses ni pronunciado ni imaginado; pero tú vuelve por fin a la razón, y ya que eres débil, cede ante los que mandan.

Y Electra: “Te envidio por tu sensatez y te odio por tu cobardía… Vete y cuéntaselo todo a tu madre”. Y Crisóstemis: “No te odio hasta ese punto… Hay casos en que la justicia es funesta”. Y Electra: “Me niego a vivir al amparo de leyes semejantes… Nunca me dejaré guiar por ti, por más que lo desees…”.

Electra, decidida a hacer justicia, recibe, por fin, la buena nueva de que Orestes está vivo para cumplir la venganza. Y así finaliza la obra: es el hermano el que acabará asesinando al amante de su madre y a esta misma.

Para terminar, nos queda hablar de las Traquinias y de Áyax. En la primera es relevante que el coro vuelve a estar compuesto sólo por mujeres (las doncellas de Traquis) y que el personaje central sea también una mujer: Deyanira, esposa de Heracles, la cual lleva todo el peso de la escena. Consumida por los celos del amor de éste a una esclava, lo hace vestir una túnica con la que cree que recuperará su amor, pero tiene en él el efecto funesto de hacerlo arder interiormente, hasta el punto de revelarle a su hijo, ya moribundo: “¡Y lo que  no habían logrado las lanzas ni las luchas campales, ni el ejército de Gigantes que surgieron de la Tierra… una mujer, una débil mujer, un ser carente de fuerzas viriles, ella sola y sin armas me ha matado!”. Muerte de Heracles que conducirá al suicidio de la esposa.

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En Áyax, por último, no es una mujer la protagonista de la escena, pero sí lo es de la narración, ya que es Tecmesa, su esposa, la que contará todo cuanto a este le ha sucedido y en la desesperación que se encuentra al haber confundido los rebaños con sus enemigos y combatir contra ellos. Encerrado en su tienda, lleno de vergüenza, escuchará cómo su esposa cuenta que le previno y que él, decidido en su empeño, le dio esta contestación: “Mujer, para las mujeres el silencio es un adorno”, frase ante la que ella calla mientras él va a cumplir sus propósitos. Pero cuando regresa y se aísla, Tecmesa no hace más que proferir lamentaciones rogándole que conserve la vida. Áyax está decidido a darse muerte y por ello le pide a la esposa que coja al hijo y cierre la tienda y que “ni llores ni gimas: la mujer es siempre amiga de lamentaciones”, pero ella, cuando él huye hacia la muerte, es la que, protagonista ahora total, pide a todos que vayan en su busca, lo que ella misma hace, aunque no puede impedir el suicido final del héroe.

Para concluir, resaltamos que si los héroes de Sófocles piensan y sienten según los arquetipos masculinos clásicos, las mujeres son más ricas y tienen más registros. En todo caso, tanto peso tienen sus héroes como sus heroínas y poderosas fuerzas impulsan a unos y a otras (la venganza en Electra, la defensa de la justicia frente a la norma en Antígona, la cobardía en Ismena, el egoísmo en Clitmenestra, la fuerza del amor al marido en Deyanira o en Tecmesa), y que, aunque reflejando el sentir hacia la mujer de su época, en sus acciones y pensamientos las trata como iguales al hombre.

 

(Publicado en “El vuelo de la lechuza”)

 

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