Escritura

Poesía

 

El alma de la luz ya no me añora

soñando que la sueño noche y día,

soñando que sueño sueños de beber auroras

que ya sólo sueño sueños de agonías.

 

(Y luego morir, como en un cuento,

soñando que sueño, sueño y sueño)

 

Mil manos la arrancaron de mi frente

y hoy suspira, soñando, el alma inquieta,

creyéndose lejos de mí, sola y poniente,

en el andar de mi camino la arrancaron muerta.

 

Fueron ellos,

las mil manos de aquellos que adoré,

que me quisieron,

formaron frente a ti un alto muro

y, por siempre, sobre tu muerte,

luz,

mintieron.

 

Monstruos informes, hoy los veo,

hoy los conozco, hoy los llamo

y ante mí los hago comparecer

uno por uno.

¡Y quisiera tener mil rayos en la mano

para soñar lanzarlos!

… y no arrojar ninguno.

 

En un abrazo fuerte soñar que hasta mí llegan

y que se asoman al barandal del triste pozo.

Por soñar que están llorando mis cadenas

y cien dolores estallan en gritos de sollozos.

 

(Sí, sueña soñando, corazón herido,

por no soñar la hiedra

que crece en los bosques del olvido

¡quién te soñara piedra!).

 

Mas calla, corazón, mira su calma.

Oh alma, corazón, ¡me sobra alma!

Por no amar tanto, por no morirme,

por no soñar que no sueñan y no sentirles.

 

¡Dolor!

Qué grito ronco mi música triunfal al fin ahoga.

Ya en un susurro callado tan sólo escucha

mi mudo corazón los suspiros de mi boca.

 

Uno a uno.

La bruja con sus planes,

yo el instrumento,

que me convirtió en trampolín para tu salto

haciéndote jugar sobre mi espalda,

en un lamento,

lanzándote al aire, ciervo, desde lo alto.

 

(¡sueños, sueños!)

 

La vieja chocha y deformada

que viene a pedir asilo,

que da consejas de sabios ajados

y de viejos siglos.

Y después se va

arrastrando tras de sí su porquería,

sonriendo

de que ha dejado con sus babas

sumida en la verdad a la agonía.

 

(¡Sueños!).

 

La danza empezó el bailarín

y, al iniciarla,

con una reverencia pidió mi pauta;

mi cabeza incliné sonriendo,

sin sospechar,

trampolín,

el epitafio

que en cada paso sobre mí

iba escribiendo.

 

Y en cada pasó, trampolín,

quisiste

deshacerte en el polvo de un sueño

por no morirte.

Polvo, pasivo polvo,

y sólo en pasivo polvo lograste convertirte.

 

Y hoy tu pasividad te pesa

como cien losas frías con fuego escritas,

roca ayer, que el agua besa

y hoy sólo al cielo abre sus rendijas.

 

(Y hoy yaces tú pasivo, olvidado

de adivinar una vida en un suspiro,

de adivinar una risa en un gemido,

de adivinar mil almas a tu lado)

.

Yo adivino de Antares en la noche la calma,

yo adivino,

que ya sólo con estrellas habla el alma.

 

El Alfa y la Omega

al fin se abren,

como un arado tu espalda empujan

y van arrancando los terrones de sus huellas

dejando limpio el surco a primaveras.

¡Daño de cien latigazos que se aran,

dejando el alma limpia,

engalanada

para recibir más huellas y más lamentos!

Para sufrir,

soñar,

y seguir sufriendo.

 

Han destruido todo lo blanco,

lo claro,

lo pequeño.

Sus manos redondas han amasado,

con sus planes,

almas,

como se amasan panes.

¡Planes,

planes de acción,

redes,

redes de discordia

y siempre planes!

 

Prisionera, pobre alma,

con el hierro en tu mano

al fin te agitas

y quisieras romper cien redes

por gritar libertad ante sus risas

 

Pero sueñas en el ciervo inquieto

que trémulo a saltar no se atrevía

y en las voces descarnadas:

¡Salta!

-Salta, dicen-

Salta sobre mi alma,

oh alma mía.

 

En mis manos bebiste el agua limpia

de los sueños,

del más allá desconocido

y de los cuentos.

Que yo te hablé

de infinitas olas, de trigo rubio

y rojas amapolas.

De todo lo blanco,

lo claro

y lo pequeño.

Y de las fantasías

que encierra un cuento.

De las estrellas,

del sol

y de la calma.

Ciervo, pequeño ciervo,

¿quién te empujó a saltar desde mi alma?

 

Te recuerdo como clara canción que hasta mí llega,

inacabada,

en clara risa,

saltaste aprisa

dejando atrás los jirones de tu nada

y descarnada la espalda,

descarnada.

 

No quiero oír que me engañaste

no quiero oír que supiste y esperaste

a que ante ti el cielo abrieran.

El cielo,

con mil trabajos conquistado,

y que en el barro del olvido,

trampolín,

me sumergieran.

 

Pero tiembla la ternura

y tus ojos lloran recordando

que ciervo fuiste con tu ciervo

y sueñas que no es su olvido,

y que, en tanto, tan sólo lo dejaste,

en un suspiro,

sólo, pequeño y ciervo,

solo soñando.

 

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