Escritura

Novela “Ora pro nobis”. Primeras páginas

PRIMER CUADERNO

                                                                                                                 Martes, 5 de julio de 1932

No sé por qué sigo aquí. Esta tarde, a última hora, encenderé otra vez la lámpara y quizá continúe escribiendo, o, como hago desde que llegué, daré vueltas por el despacho, recordando a mis padres, a Merceditas, a Alberto o a Mario.

            Para retrasar ese momento me he levantado y he colocado una mesa pequeña junto al balcón. Necesito aprovechar la luz, esa luz que siempre viví en mi tierra. No creo que ninguno de los que quedan allí siga amándola como yo.

            Quiero volver hacia atrás, quiero ordenar la realidad al escribir, quiero traer junto a mí a todos en este destierro que me he impuesto.

            Recuerdo muy bien el día en que salí de la ciudad, va a hacer ya dos meses. Había puesto el despertador temprano, quería irme antes de que saliera el sol, no fuera que, al ver el relieve de las cosas, me arrepintiera. Con la parafernalia del madrugón me engañaba,  lo único que quería era no oír mis pensamientos en la luz de la mañana.

            Me afeité despacio. En la maleta guardé, encima de todo, para que ninguna de estas cosas se arrugara, el cuello duro, la pajarita que me regaló mi padre cuando me incorporé a la fábrica y el mejor de mis trajes. No sé qué me impulsó a meter todo eso, quizá la idea de que alguna vez tendría que volver a dar una buena impresión en el pueblo; como cuando la mujer de mi padre repasaba mi atuendo antes de ir con ellos a misa de doce en los domingos de la infancia.

            Sin embargo, para el camino decidí usar los viejos pantalones de paño de la Universidad, la camisa de franela de estar en casa y el chaquetón verde que me compró mi madrastra en las últimas Navidades.

            La oía en su habitación. Probablemente no había dormido en toda la noche para asumir a conciencia su papel en la despedida, y este gesto suyo, los pequeños ruidos  que me permitían adivinar lo que en ese momento estaba haciendo, me llenaron de una ternura que nunca antes había sentido por ella, como si comprendiera que, en este último adiós, quería redimir los abrazos no dados o los esfuerzos no hechos en todos aquellos años. Merceditas, que aquel fin de semana estaba en casa con su marido, se levantó en el último momento para representar su escena de hermana y dirigirme una mirada cargada de un vago: “Nunca te entenderé, idiota”. Alberto no se levantó porque, según dijo ella, esa mañana tenía una reunión muy importante en la fábrica y quería estar descansado.

            –Manuel, tu padre quiere que la fábrica sea para ti–. Esa frase la había oído desde pequeño, pero yo no podía querer eso. Había elegido no querer la fábrica, no estar con ellos. Y ahora con nadie, salvo conmigo mismo y, en todo caso, de vez en cuando, cuando Él quiera, con mi Dios desconocido.

Al salir casi no oí lo que mi madrastra me decía en su abrazo, ni apenas sentí el beso rápido de mi hermana Merceditas; tenía prisa, había tardado en encontrar las libretas y la pluma y los libros que quería traer, estaba nervioso como si en lugar de ir a un sitio que de sobra conocía emprendiera un largo éxodo que me condujera a lo imposible: a encontrar quizá la paz si lograba encontrarme a mí en la pequeña realidad de las cosas.

            Fue largo el camino por los montes sobre el caballo que compré pensando que me sería útil en mi nueva vida. ¡Qué distinto este viaje a todos los que hice de niño en el tren, con Merceditas y mis padres, para venir a la finca! El tren de todos los veranos en el que, con los brazos acodados en la ventanilla, veía pasar el campo y las casas mientras el aire me despeinaba y el hollín me tiznaba la cara y me hacía cerrar los ojos. De la ciudad al pueblo, del pueblo a la ciudad, del mar a Castilla, de Castilla al mar, así verano tras verano, desde no recuerdo qué año; desde siempre.

            Esa madrugada, sin embargo, dejaba atrás la ciudad sin saber cuándo regresaría. Mi ciudad, en la que ya nunca asistiría a ninguna de sus novedades, o a las de mi familia o mis amigos, que seguirían con su vida mientras yo quedaba fuera de sus gestos y sus palabras.

Cuando salí, la luz del sol, fría y limpia, iba deshaciendo mi valor. Al dejar la última calle el ruido de las herraduras se hundió en el polvo del primer camino, me detuve y, alzándome sobre los estribos, me volví por si podía ver, por última vez, el mar. Pero las casas tapaban la bahía y así inicié definitivamente el viaje, sin aquel último recuerdo.

            Las ocho horas de tren se transformaban, por mi voluntad, en muchas más horas de marcha. Era buena la excusa, o la necesidad, del caballo pues quería alejarme despacio: de mi familia, de mi vida pasada, de la Universidad, de la fábrica, de Mario y de todo cuanto había sucedido en los últimos meses. Todo eso ya no me pertenecía, aunque, para darme ánimos, pensara que pronto regresaría.

            A trote ligero fui cruzando los pueblos que siempre había visto de lejos; me paré en alguno de ellos a comer, a beber agua, a dormir o a que comiera y bebiera el caballo. Atardecía cuando llegué tras todas aquellas horas interminables, cansado del viaje y del dolor que siempre causa alejarse.

Pasé ante la tapia del cementerio y, aunque la luz comenzaba a ser dudosa, vi que ya no se alzaba contra el cielo la cruz que siempre había presidido el arco de la puerta. Este pequeño descubrimiento y el silencio de los pájaros, que, como a una señal de la tarde, callaron de golpe, hizo crecer el agotamiento que sentía. Me apreté la capa y entré en el pueblo despacio. Crucé la plaza y, bajo el porche de la farmacia, cerrada desde que yo recuerdo, vi a Herminia; sólo a ella. Los hombres estarían volviendo del campo y las mujeres en los afanes de la cena, agitando el soplillo ante la llama del fogón y haciendo salir, así, el humo que veía en las chimeneas de las  cinco calles. Pasé cerca de ella, diminuta y encorvada. Al oír el trote blando del caballo alzó la cabeza y me saludó con una sonrisa desdentada, mezcla de bienvenida y de desconfianza, como si fuera un forastero. En la oscuridad no reconoció en aquel joven al niño que hacía unos años corría por esa plaza con los otros críos. Yo ya no tenía nada de él. Al verla, sentí, como a veces se siente por las cosas, un cariño nostálgico. Un cariño hacia el pasado, supongo.

            Adivinaba en la oscuridad los campos de trigo y, al fondo, las lomas negras, tan distintas a mis alegres montes azules del mar. Al cruzar el puente de madera, bajo el ruido seco de las herraduras, oí el  bullir del río, que apenas se dejaba adivinar por algún reflejo de la luna. Llegué a la finca, recorrí el caminito y me detuve ante  la casa, paré, bajé del caballo, cogí la maleta y crucé el porche. Abrí la puerta y un fuerte olor a humedad y a casa cerrada, una violenta oscuridad, me rodearon y, antes de que pudiera dar con la llave de la luz, se colaron en mí llenándome de ausencia.

            Decidido, subí la escalera hasta mi habitación de niño; mi habitación, con su estrecha cama de cabecero de limoncillo frente al balcón y la jofaina en una esquina de las paredes blancas. Fue como si entre ellas estuvieran todos esperándome: mis padres, Merceditas, Alberto, Mario. Como si mi pensamiento los trajera hacia mí entre las vagas sombras dibujadas por la bombilla que colgaba del techo. Me afirmé en la idea de que había sido bueno venir.

            Una decisión que si Mario no hubiera hecho lo que hizo, nunca habría tomado.

Portada Ora pro nobis

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