Escritura

Poesía

 

Fue un deseo, todos los días abortado,

de sacudir las raíces de mi savia,

de perder, algodón al viento, la añoranza

del monólogo interiormente constante

de tu ideal presencia;

en él pedí a la vida borracheras

-gotas conscientemente depuradas-

de beber en sus vasos sus desiertos

(“sus desiertos”, “soledades”…,

siempre falsa la palabra y el bautizo).

Madrugando amanecí sobre la roca,

boca abajo, extasiada en la distancia

de este abismo

tanto tiempo disfrazado por tu dulce tela de hilo

(hilo gris, tan sólo mío)

en que soñé que me acunaba

al dormir mi Dios y mis estrellas.

Quise volver a gritar, mas si te llamo

¿en qué tiempo, sólo por nosotros creado,

podremos sernos libres alguna vez?

Porque

quisiera poder contar, aunque no nazca,

en qué lugar tengo ovillada

la cuna de la luz.

 

 

 

 

CON-SA-BI-DO

 

Oh, por Dios, no me lo niegues

con esa estéril palabra

de todos y cada uno de los días.

(Ellos, al menos, no saben,

pero tú, tú precisamente, no).

Eras aquél planeta deslumbrante,

el más inalcanzable en el poniente.

Esto es: lo eras todo (casi todo

-que Alfa y Omega sólo son de Dios-).

Me llevabas, sin llevarme,

al infinito. Renacías

mi cotidiano pasar

con plenitudes humanas.

Amor.

Por eso no te dejo, no permito

que entre tus ecos vivan las palabras

que deshacen tu alma, mi alma.

Ellos ¿qué quieres?, no saben;

pero dentro de ti

hacia mí,

dentro de mí

hacia ti

sólo cabe el esplendor.

 

 

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