Escritura

Novela “Ora pro nobis”, primeras páginas, III

Portada Ora pro nobis

 Miércoles, 13 de julio de 1932

    Cuando Vicente vio cómo me separaba del grupo e iba hacia ellos cortó su conversación y me miró de arriba abajo, esperándome.  Antes de que me acercara retiró la mano de la pared en la que se apoyaba y escupió en ella, luego se la restregó en el pantalón y me la alargó. Fue este gesto el que hizo que, de pronto, viera en aquel hombre al chiquillo que conocí y que ahora tanto se parecía a su padre.

            –Don Manuel –me llamó, para dejar claras las distancias.

            Yo le di un abrazo y le palmeé la espalda, como habían hecho conmigo los otros y como pensé que él haría: “¡Qué alegría de verte!”. Él se soltó enseguida y luego, mirándome a los ojos con gesto serio, me presentó al alcalde, el jefe local del partido.

            El edil es un hombre maduro, ha venido de fuera, de otro pueblo cabecera de comarca. Por las pocas palabras que crucé con él vi enseguida que tenía el alma llena de ambición. Según dijo se ha desplazado aquí sólo para servir a su sindicato, pero está claro que de ese servicio espera muchas compensaciones. En cierta forma –sólo en la de la ambición, es verdad– me recuerda a Mario y su concepto de servicio como trampolín para medrar. En todo lo demás es su opuesto: rechoncho, de piel oscura, fornido. Hizo alarde de ignorancia y de desprecio por la cu

                                                                                                             Viernes, 15 de julio de 1932

           Nunca es blanca la crónica del desamor y en esta vida ningún hecho nace como causa única de otro; cada nueva realidad es fruto necesario de miles de realidades anteriores. Podría, según eso, remontarme casi a cualquier período de la historia para dar cabal explicación de lo que me ha sucedido en ella.

                                                                                                             Lunes,  18 de julio de 1932

      Doña Claudia vive ahora en la finca grande, a unos kilómetros del pueblo. Lo de llamarla marquesa es, desde luego, una broma, aunque la mayoría, en su corazón, sienta que lo sea de verdad. Están demasiado ocupados en sobrevivir y no tienen la formación necesaria para impedir que su cabeza se llene de admiración ante lo que desconocen. Así, le atribuyen títulos que no posee como si, de esta forma, con la relativa cercanía de la convivencia, sus pobres vidas ganaran importancia.

            Eso hace, al menos, uno de los dos bandos del pueblo, el que tiene al cura al frente; los otros, los compadres del alcalde y de Vicente también lo hacen, pero en otra forma, la llaman “la cacica”, “la marquesona”, “la faraona” o, simplemente, “esa hija de puta”.

         Cuando yo era niño ella no pisaba el pueblo, ni siquiera pasaba los veranos en su finca. Sus negocios estaban en manos de un administrador. Se ha instalado aquí hace dos años, aunque nadie sabe por qué. Dicen que si se ha arruinado por la vida que vivió en Francia y que, por eso, quiere ahora vigilar de cerca la finca; que si estaba aliada con los monárquicos; que si había tenido tantos amantes en la ciudad y tenía allí tan mal nombre que ha venido a esconderse. Dinero, política, sexo. De todo le atribuyen a esta mujer. Habladurías todas, supongo, de gente que se considera inferior y necesita a un tiempo admirarla o rebajarla para poder seguir viviendo con su presencia.

            Ni siquiera a los niños les deja indiferentes. Hoy, que había mercado, cuando acababa de cruzar la plaza con su Hispano camino de la ciudad y, a su paso, unos hombres se habían quitado la boina saludándola mientras otros se volvían de espaldas, y  casi todas las mujeres se quedaban mirando al coche y al chofer y al abrigo de piel y al elegante sombrero como gorrioncillos convencidos de que los árboles son más importantes que ellos, los críos que andaban por allí, fueran hijos de quien fueran, corrieron al corral del sacristán y sacaron a la cerda. Con unos periódicos viejos imitaron el sombrero de la rica y se lo pusieron al animal que gruñía y se revolvía, y después, formando entre todos la figura de un coche que desfilaba y llevando en el centro a la cerda encopetada y en vanguardia un pobre chofer de alpargatas y pantalón corto, desfilaron entre los tenderetes y provocaron las risas de los comerciantes y de todos sus mayores.

            Imitaban lo que no comprendían. Y, sin saberlo, aquellos niños metían a sus padres la amargura en el cuerpo, esa que nos pone delante la inocencia y que nos demuestra lo esclavos que somos de cualquier tipo de poder, aunque no sea real, aunque nos lo inventemos para seguir viviendo.

Ediciones Xorki, Madrid

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