Escritura

Novela “Ora pro nobis”, primeras páginas II

    Lunes, 11 de julio de 1932

            Ayer domingo, a media mañana, decidí bajar al pueblo; tenía necesidad de hablar, de encontrarme con otros. Me puse el traje que había traído respondiendo a un  deseo irracional de agradar y, a trote lento, crucé los campos llenos de sol.

            Los hombres por un lado y las mujeres por otro hacían corrillos en la plaza. Todos despedían algo lustroso que daba empaque a aquellas pobres fachadas. Al ser día de fiesta, no había pantalones remendados y sucios de tierra ni boinas sudorosas y los trajes de ellas parecían recién planchados. Pensé que había acertado al vestirme. La misa debía haber acabado hacía tiempo porque un buhonero andaba recogiendo las mercancías en su carromato. Desde que aparecí en una esquina de la plaza noté que la animación de los corrillos se apagaba y que todas las miradas perseguían el menor de mis gestos. Bien sabía que Herminia les habría hablado de mi paso y que más de uno habría espiado por la noche la luz encendida de la casa, preguntándose si en efecto era yo, o un familiar o un fantasma.  Descendí despacio del caballo y até las riendas a la argolla de la pared del colmado. Me sentía incómodo pero, aparentando firmeza, me dirigí hacia el corro donde estaba el cura, única figura reconocible por su atuendo, aunque no se parecía nada al de mi infancia.

Me saludó enseguida con una sonrisa de bienvenida y no se privó de alzar hasta mí una mano que yo estreché sin besarla. Era grasiento y mofletudo, lucía una sotana llena de brillos y no dejaba de hacerse aire con la teja para aligerar el calor que el principio del verano ponía en sus mejillas. Recordé, por contraste, al cura de antes, a aquel al que, cuando yo era niño, ayudaba en sus catequesis, enjuto como un San Francisco y serio y austero en la comida y en las palabras.

Hablamos. Los del corro primero se apartaron y luego nos rodearon y se apretaron movidos por la  curiosidad. Me di a conocer. Poco a poco, otros hombres se fueron acercando. El resto miraba desde lejos, para confirmar quién era y medir aquel primer acercamiento mío a la Iglesia.

–¡Manuel! –exclamó alguno–. Ya decía yo que tenías que ser tú. Que no podías haber olvidado el pueblo.

Tras unos momentos de indecisión, hubo fuertes palmadas en la espalda y exclamaciones de alegría. Casi se me saltan las lágrimas al oír de nuevo los apodos de aquellos hombres, tan cambiados como yo; no, mucho más envejecidos que yo al cabo de tan pocos años.

Quitándose las palabras unos a otros le explicaron al cura quién era.

–El dueño de “Puentepinar” –decían, y añadían que así se había conocido siempre la casa porque unía el pueblo con el límite del único bosque, el de pinos, que existía en la comarca.

Dijeron que se habían enterado de la muerte de mi padre, me preguntaron por qué no había ido antes, que por qué había tardado tanto en volver. Les conté de la fábrica, de la facultad…

–¡A ti siempre te ha gustado el campo! –exclamó alguien con voz alegre–. Ya se te veía venir. ¡Y mira lo elegante que vas!

Sentí vergüenza de mi atuendo y me arrepentí de haberme vestido así, de vivir aún en esta inseguridad.

Luego fuimos al colmado que, como siempre, hacía las veces de tienda y taberna. En su densa penumbra, llena de humo y del olor agrio que desprendían las tinajas de vino, vi que las cintas engomadas para las moscas seguían colgando del techo, junto al ventilador, aunque ahora puestas por un nuevo tendero, familiar lejano, según me contaron, del anterior, que se había ido del pueblo en cuanto se proclamó la República. Seguimos hablando de mí y de ellos, de su trabajo en el campo, de sus mujeres y de sus hijos, y alguno, con una palabrota y una risotada, me volvía a golpear  la espalda.

Sé que estos recuerdos, que revivir los hechos externos, no sirven para darme luz, no significan nada. Lo importante sucedía a otro nivel, al nivel del silencio y de las miradas furtivas a mi traje y a mi pajarita, del repaso minucioso del cura mientras bebía su vaso de vino e intentaba interrumpir la charla con preguntas para averiguar quién o cómo era yo o a qué bando pertenecía.

–¡Desventurados días para la patria! ¿No le parecen a usted aberrantes todas las disposiciones del nuevo Gobierno? ¡Hasta con los muertos quieren meterse ya! No les basta con los vivos, no…

Y yo le sonreía y hacía un vago gesto con la cabeza.

Tampoco sirve de nada recordar ahora el ruidillo de la cortina cuando, en fila, salimos de nuevo a la luz de la plaza, ni la observación de uno dirigida hacia una pareja que hablaba en una de sus esquinas.

–Mira, ¿ves a aquellos de allí? El más joven es Vicente. Al que está a su lado no lo conocerás, ha venido de fuera. Es el alcalde. De la UGT.

–Rojos y ateos –recalcó el cura, volviendo a abanicarse con la teja, que había dejado tranquila sobre el mostrador mientras bebíamos.

Portada Ora pro nobis

 

(Ediciones Xorki, Madrid)

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