Escritura

Novela “Cinco notas”, primeras páginas, V

Y se levanta y va despacio al cuarto de baño, abre los grifos y se mira en el espejo. Sonríe.

           “¡Viejo amigo, querido tonto; estás tonto y chocheas! ¿O es que, con los años, te estás volviendo un poco niño?” –y se contempla un largo rato intentando recordar su antigua cara.

Luego ha vuelto al salón a mirar otra vez la foto. Pretensión inútil. Aquella imagen no puede acercarle a la Marga de hoy, como la del espejo no puede hacerlo a quien él mismo fue. La deja y coge un marco de plata que contiene la estampa amarillenta de unos jóvenes, la mujer lleva un vestido oscuro tableado y un casquete de fieltro hundido hasta la frente; el hombre un lazo de pajarita y un canotier en la mano. Es uno de las pocos recuerdos que conserva de sus padres. La mira largamente y se pregunta cómo hubiera sido su vida de haber vivido ellos, cómo hubiera sido su infancia con la lógica habitual de aquellos seres encauzando sus pasos.

Sentado ante la mesa de mármol frente al desayuno, mientras fuma el primer cigarrillo del día –en una costumbre que, por su edad, tiene radicalmente prohibida– y mira cómo asciende el humo, se imagina ahora siendo un niño y se entretiene inventando una escena que pudo haber existido: de rodillas junto a la cama, mientras su madre oye esas frases que le acabaría de enseñar, con la luz de la mesilla encendida en su grado más tenue para no despertar a Beli -entonces sólo Gloria tendría dormitorio independiente-. Su madre allí, a su lado, vigilando sus oraciones de la noche. Hermosa, atenta, idealizada.

–No hace falta que juntes y aprietes tanto las manos, Oché. Al Niño Jesús más que los gestos le importa que le digamos las cosas con el corazón.

Y le acariciaría la cabeza inclinándose hacia él mientras lo besaba.

“Ausencias siempre –pensó–. Dolorosas ausencias de muerte, terribles ausencias las de ese niño que, agazapado en silencio, sin apenas molestar, ha seguido viviendo conmigo todo este tiempo”.

           Pero enseguida alejó estas ideas y pensó que su hermana tenía razón; las obras ya estaban encauzadas y era conveniente salir al aire. No era bueno este encierro en el pasado.

            Hacía una mañana espléndida. ¿Por qué no ir a la playa? Desde que llegó había paseado ya por la Explanada y el parque, por las avenidas que llegaban hasta el castillo y por el muelle del puerto. Sí, dar un largo paseo por la playa le sentaría bien, como dijo Gloria que hacía Marga todos los días.

           Volvió al cuarto de baño, cogió la botella de cristal con la mezcla de colonia y agua que había usado toda la vida, y, mojándose la cabeza, se peinó las canas finísimas bien aplastadas. Ya en el dormitorio, dudó al coger una corbata siguiendo la pura rutina de vestir el uniforme de funcionario y, en un gesto de rebeldía, decidió ir sin ella. Con la chaqueta clara y tras coger las gafas, el paquete de cigarrillos, el encendedor de plástico y  el bastón, se dirigió hacia a la parada del autobús.

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Ediciones Xorki, Madrid

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