Escritura

Novela “Cinco notas”, primeras páginas, IV.

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La persiana medio echada deja filtrar, en rayas paralelas, el sol del amanecer levantino. En una cama pequeña, junto a la pared opuesta al balcón, Oché murmura intranquilo.

            Tardó en dormirse recordando viejas escenas y no ha dejado de moverse en toda la noche; más de una vez encendió la luz y tiró las sábanas a un lado, agobiado por el calor, para volverlas a subir luego hasta el cuello.

           La noticia del regreso de Marga ha hecho que en la madrugada se despierte      sudando y se encuentre, en una agitada duermevela, hablando en su pensamiento.

           “Odio lo que he soñado –dice–; no es esa la escena que yo quiero. ¿O sí que lo es?

           ”Querría contártela, pero, Marga, tú ¿la entenderías?

           ”La relación…

           ”Y siento algo muy hondo…

           ”Te diría…”

           Se detiene un momento.

           “Te diría que cuando una relación muere es como si hubiera muerto un niño.”

           Abre los ojos, se queda mirando al techo y continúa el monólogo:

           “Mira, era una iglesia blanca y abierta, apenas iluminada por la débil luz que llegaba desde los vitrales (¿pero no será mucho contarte esto?). Allá, en el altar, los curas oficiaban con sus ornamentos. Pirro nos había saludado al entrar, junto a la pila del agua bendita. Luego estábamos en un banco con más gente. Yo te enseñaba (tú estabas a mi derecha) unas fotografías (las de mi último viaje, supongo), y mi primera sorpresa era tu actitud: las cogías con atención y con atención las mirabas (y comprendo que el gesto vale tanto o más que las palabras, pues ahí, en mi sueño, mi alma era acogida.) El alma acogida, sí, en paz. Era perfecto el sueño.”

           Da media vuelta a la derecha y luego se coloca otra vez boca arriba, las manos bajo la nuca. Cierra los ojos.

            “Pero la escena continuó. Ahí, en el mismo banco, en la misma iglesia, tu mano rodeaba mi hombro y, al hacerlo (¿ves por qué me da vergüenza contártelo?), mi cabeza podía encontrar el blando hueco del tuyo en que apoyarse (no, yo no pedía tanto, ¿o sí lo pedía?) y era casi como si tú la hicieras apoyar. Y luego, aún, esa mano que me rodeaba iba hacia mi boca y acariciaba mis labios.

           ”Y me he despertado con tus dedos en mis labios y un agujero ancho y hondo en el corazón.”

           Abre los ojos.

           El aire, de pronto, mueve el balcón y un rayo recto de sol rompe la penumbra. Le llega el bullicio de las golondrinas y, con él, también, el olor del mar. Quiere apartar las sábanas y levantarse e ir hacia el día llevando consigo la imagen de hace tantos años. ¡Con qué claridad ve su pelo, sus ojos, sus manos!

            Estira las suyas, frágiles ya, y descubre casi con sorpresa sus muñecas asomando por las mangas del pijama. No, no eran esas manos ni esas muñecas las que en el sueño ofrecían las fotos a Marga.

           “¿Cómo habrás cambiado tú?”

 

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Ediciones Xorki, Madrid

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