Escritura

Novela “Cinco notas”, Primeras páginas, II

Llevaba ya varias semanas en la ciudad y aún no había visitado a su hermana pues enseguida quiso empezar las obras. Hizo quitar el cuarto de baño que antes no existía, mandó pintar de azul la que fuera su habitación; se gastó todo el dinero que le quedaba y apenas aguantaría al segundo final de mes para cobrar de nuevo la pensión. Pero daba sus penurias por buenas porque, a cambio, conseguía realizar su  sueño.

             –¡Qué desmejorado estás, Oché! –le dijo su hermana cuando, al fin, fue a verla, uniendo su habitual aspereza al nombre cariñoso que le daban de niño.

           –Son muchos años ya, Gloria –le contestó mientras rozaba su mejilla en el simulacro de beso que se habían dado siempre.

           –Pues la última vez que nos vimos te encontré mucho mejor –replicó ella observándole con disgusto.

           Pasaron al salón. Ella iba delante, introduciéndole en el piso, moviendo ante él unas opulentas caderas que a Juan Carlos –Oché– le llamaron la atención. Los setenta años largos de su hermana se habían enriquecido con unas generosas redondeces, como una rotunda matrona, y llevaba una cuidada melena rubia que, sin duda, tapaba sus canas. “Espléndida madurez”, pensó con sorna.

           Se sentaron en un gran tresillo de damasco rosa que ocupaba el centro de la habitación. Las ventanas entornadas apenas dejaban filtrar entre los visillos el sol de la tarde y hasta ellos llegaba apagado el ruido del tráfico.

           –¿Cuántos años hace que no nos vemos, Gloria? –preguntó él– Queramos o no, nos hacemos viejos, además, ha sido mucho el trajín de estos últimos meses. Las dudas de la compra del chalé y la decisión de venir. El liquidar todo lo de allí, las obras…

           –Un poco loco ya estás –replicó ella con seriedad, mirándolo de arriba abajo–. No sé por qué esa idea tuya de comprar la antigua casa y empeñarte hasta las cejas a tu edad. ¿No hubiera sido mejor que alquilaras un pequeño apartamento aquí cerca, en el centro, y vivieras la jubilación tan ricamente sin meterte en esos berenjenales? ¡Vaya un capricho!

            Oché sonrió y la miró con condescendencia. No le contestó pues sabía que era inútil dar una explicación a su hermana. Hubiera sido muy difícil y cansado hacerlo, desconociendo, como él mismo desconocía, la razón profunda que le había llevado a tomar aquella decisión. En su lugar paseó los ojos por aquel salón amplio. En una de las paredes estaban colgadas las cornucopias que antes estuvieron en el hall del que había vuelto a ser su hogar. También la gran librería que llenaba todo un testero estuvo siempre en el saloncito de poniente, junto al piano; ahora estaba aquí, con menos libros que entonces y con muchos marcos de plata con fotos. Se llenó de nostalgia al reconocer estos muebles.

           –Creo que nunca os perdoné que la vendierais.

           La cara de Gloria se ensombreció.

           –Pues bien que diste tu consentimiento cuando te dije que Ramón necesitaba el dinero para la empresa.

           –Bueno, ¿y qué otra cosa podía hacer? Pero en el fondo no dejó de dolerme. Por suerte a veces hay situaciones providenciales. Intuiciones. Escribí hace un año. Me dijeron que estaba en venta. Y no pude resistir la tentación.

           Ella lo miró fijamente. Pensó que su hermano se había chiflado con la edad o quizá era que nunca lo había conocido del todo; al fin y al cabo se llevaban siete años; él era de otra generación.

            –Siempre has tenido reacciones un tanto raras para mi gusto, Oché –comentó en alto, revelando su pensamiento–. Intuiciones, dices, eso déjalo para nosotras, y todo lo demás no es sino romanticismo barato –guardó silencio un momento y refugió la vista en la falda del vestido. Al cabo, levantando la cabeza y mirándole concluyó con lo que le parecía una sentencia inapelable.

            –Ramón piensa que has hecho un disparate.

           Oché se encogió de hombros, cruzó las piernas acomodándose en el sofá y volvió a sonreír.

           –¿Qué es de él? ¿Cómo está? –preguntó desviando conscientemente el tema.

           Gloria hizo un gesto vago, como quitando importancia a la contestación que iba a dar y que, sin darse cuenta, la distraía de las opiniones sobre la decisión de su hermano.

           –Jugando al golf, ya sabes, desde que se jubiló se pasa las horas muertas con eso. ¡Si vieras el buen color que tiene! –cortó de pronto y preguntó:

           –¿Te apetece tomar algo? –luego alzó la voz y llamó a la criada.

           (“¿Te apetece tomar algo?”, recordó Oché, e, inmediatamente había que levantarse por una copa o llamar a la chacha de la casa. ¿Cuántas veces en cuántas casas, hacía años, se había repetido esta escena, como si el tiempo se hubiera solidificado?).

           –No, gracias, Gloria –contestó descruzando las piernas e irguiéndose, pues temía que aquella invitación prolongara el tema de la compra de la casa, que quería dar por zanjado–. Voy a irme enseguida.

           –¡Hombre! Pura visita de cumplido –se enfadó ella.

           –No digas eso; quería saber cómo estabas, cómo andaba todo el mundo.

           –¿Todo el mundo? ¿A quién te refieres? –y Gloria alzó la voz y lo miró con aire acusatorio– ¿Es que recuerdas aún a alguien de aquí? –Al fin y al cabo él era el que se había ido y el que apenas había dado señales de vida durante mucho tiempo.

           –¡No digas tonterías! –protestó Oché contrariado por su tono– ¿Cómo voy a olvidar? Me refiero a todo el grupo –y abrió las manos como queriendo abarcar muchos nombres–: a Pirro, a Marga, al resto. Al fin y al cabo las pocas veces que nos hemos visto en estos años no hemos hablado demasiado de ellos, sólo de la familia, de cómo nos iba a cada cual, de la muerte de Beli –y bajó los ojos y pronunció esta última frase lentamente, como si no quisiera oírsela decir–. Ahora, al volver, siento curiosidad por saber qué es de su vida.

           –De Pirro hace meses que no sé nada –contestó ella secamente, sin revelar ninguna  reacción por el recuerdo que Oché acababa de hacer de la hermana muerta–; ahora, con mis hijos, con los nietos, salgo mucho menos que antes, pues me los dejan en casa cada dos por tres.

           –¿Y el resto?

           –Unos se casaron y se fueron de la ciudad, otros se han unido a nuevos amigos, aunque, bueno, de cuando en cuando, nos vemos.  De Marga sí sé que está fuera; de viaje; pero no creo que tarde en volver. Está estupenda; muy bien para sus años.

           Oché experimentó un ligero sobresalto al oír ese nombre en labios de su hermana. Preguntó:

           –¿Cuántos tiene ya?

           Gloria le sonrió y bajó la voz hasta convertirla en un susurro lleno de coquetería trasnochada:

           –Sabes que las mujeres no hablamos de esas cosas.

           –Vaya, Gloria. ¡A nuestra edad!

           –Bueno, no me dirás que tú mismo no puedes calcularlo, es más o menos como yo.

(Ediciones Xorki, Madrid)

IMG_6789

 

________________________________________________________________________________

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s