Escritura

Primeras páginas de la novela “Cinco notas”

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 Habían pasado ya tres meses desde que recibió la carta confirmando la compra de la casa. Aún a veces, mientras colgaba un cuadro o ponía una repisa, se sorprendía recordando la penumbra de la sala en aquella tarde fría del Cantábrico y  cómo, después de leerla, se había quedado abstraído mirando el mar por la ventana y había recitado los versos de Ítaca; esos versos que le acompañaron siempre, pues toda su vida se podía resumir en un ir hacia no sabía dónde sin más deseo que regresar.

La sorpresa que le llenaba ahora todos los días era comprobar que al fin estaba de nuevo aquí, en su ciudad, ante la que, al despedirse hacía muchos años, también había recitado aquel otro verso de Cavafis: “Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente, saluda, saluda a Alejandría que se aleja”. Y así se había alejado; para siempre.

¿A qué había vuelto?

Ahora ya había vivido cuanto la vida le tenía que dar.

Pero siempre añoró la vieja casa; el viejo balcón de su cuarto azul, el de la chimenea, por el que todas las mañanas entraba el sol y el olor a mar entre geranios. Quería volver a pasar sus días allí y, al fin, morir allí.

“Derecho es una buena carrera, había dicho una vez la abuela, y podrás hacer unas buenas oposiciones, como tu padre, y vivir decentemente.” De eso hacía años, muchos años, antes de que, entre todos, lo echaran.

            Y luego llegaría la beca para estudiar, y las oposiciones y el trabajo. Y también había llegado el amor. El mismo que se escondía entre las paredes de aquella casa. En las paredes de su habitación azul, la de arriba, la del balcón que daba a levante.

Pero ella murió, no de muerte, sino de cambio, de miedo, de no atreverse.

            ¡Cuánto dolor le causó aquella muerte!

Y por eso se fue lejos. A buscar la vida que nadie había imaginado para él, en la que nadie le apoyaría, y la que tampoco nadie se atrevería a vivir con él.

            Cuando abrió la puerta del chalé bien sabía que no iba a encontrar nada igual y que seguramente las habitaciones serían más pequeñas que como las recordaba. La parte de delante, donde siempre estuvo el comedor, había sido remodelada; los tabiques estaban corridos y ahora existía un cuarto de baño nuevo. Recorrió la planta baja despacio, deteniéndose morosamente aquí y allá y acariciando las paredes con nostalgia. Intentaba abarcar cuanto veía e imaginar los cambios que iba a hacer y  pensó que no sería difícil volver a dejarlo todo como antes. Ya en el ala lateral entró en el cuarto que había sido el saloncito del piano, abrió la gran puerta de cristales y salió a la terraza que daba al parque de la antigua urbanización. Los gritos y las risas de los niños llegaban fuertes con el aire de la tarde, igual que en su infancia, y sintió una paz alegre, como si la vida volviera a existir.

            Y se vio muy pequeño, cuando sus padres acababan de morir en el accidente y Gloria, Beli y él se quedaron solos en aquella casa y a ella vinieron a vivir los abuelos. Allí estaba él, aburrido ante los libros de tapas duras, sobre la mesa camilla del cuarto de estar, el de al lado de la cocina. ¡Cuántas tardes los había cerrado para venir a este saloncito y en esta terraza soñar en un futuro desdibujado en el que se imaginaba ser alguien sin saber muy bien quién! Y, con aquella idea, sus ojos se elevaban por los árboles, hacia las estrellas, escuchando fantásticos acordes, hasta que lo llamaban a estudiar otra vez, o a cenar, o a dormir y allí dejaba no sabía qué ideales, escondiendo en el aire su desnudez y su falta de nombre.

            Esbozó una sonrisa y fue hacia la parte de atrás. Llegó al pequeño distribuidor del que arrancaba la escalera de caracol por la que se subía a la torreta del edificio. Su padre había construido en ella un pequeño estudio con chimenea y esa sería después la habitación que él heredaría, la de las paredes azules. Al llegar al descansillo vio la puerta abierta y entró. Desde el centro de la habitación, con las manos en los bolsillos y los pies firmes, observó los tabiques, que no habían sido tocados, la chimenea, el balcón por el que al día siguiente, y ya para siempre, entraría para él la luz de la mañana. Lo miraba todo despacio y, de pronto, con una palpitación en el pecho, recordó las charlas allí mismo, frente a ese balcón, y evocó los ojos de Marga, sus manos y su sonrisa.

          Se aflojó el nudo de la corbata. No podía permitir que se removiese todo aquello. No; tenía bien claro que no fue este su propósito cuando se informó de la venta de la casa. Tras la jubilación, ¿había algo más sensato que dejar el norte y buscar el sol de la infancia cerca de la única hermana que le quedaba? ¿Algo más lógico que gastar todos sus ahorros en la compra de aquellas paredes tan queridas? “¿Lógico?”, había pensado más de una vez. ¿No sería tal vez un disparate recortar así su pensión, con aquella hipoteca, para el resto de su vida? Sin embargo el deseo había sido más fuerte que cualquier sensatez. Los pocos amigos del norte habían muerto; la ciudad cantábrica se le llenó de soledad y sentía necesidad de compañía en la última etapa.

          Por eso y por ninguna otra razón decidió volver, se repitió ahora entre las paredes de su antiguo cuarto, como se venía diciendo los últimos meses.

(Ediciones Xorki, Madrid)

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