Escritura

Poesía: Fue un deseo

  

Fue un deseo, todos los días abortado,

de sacudir las raíces de mi savia,

de perder, algodón al viento, la añoranza

del monólogo interiormente constante

de tu ideal presencia;

en él pedí a la vida borracheras

-gotas conscientemente depuradas-

de beber en sus vasos sus desiertos

(“sus desiertos”, “soledades”…,

siempre falsa la palabra y el bautizo).

Madrugando amanecí sobre la roca,

boca abajo, extasiada en la distancia

de este abismo

tanto tiempo disfrazado por tu dulce tela de hilo

(hilo gris, tan sólo mío)

en que soñé que me acunaba

al dormir mi Dios y mis estrellas.

Quise volver a gritar, mas si te llamo

¿en qué tiempo, sólo por nosotros creado,

podremos sernos libres alguna vez?

Porque

quisiera poder contar, aunque no nazca,

en qué lugar tengo ovillada

la cuna de la luz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuera, el viento golpea los cristales

de mi caliente y protegida casa.

Me levanto y miro los árboles,

pero apenas si se mueven;

sólo el ruido, el ruido del viento,

me habla de su existencia

trayéndome todas las sensaciones de frío

y de abandono.

Podría llamarte

para que el calor de tu voz

apagara las notas de soledad del viento

(porque crear es tan duro y tan abandonado

como golpear sobre el yunque

la herradura de un hermoso caballo

que no sabemos si vivirá).

Podría llamarte

para que tu presencia acallara las nostalgias

que se cuelan con el viento

y el ruido monótono de la creación,

pero esta será más pura

si asume en sí todos los ruidos,

almendras retenidas

en el silencio ausente de tu voz.

 

 

 

 

 

 

Raptados

hemos vuelto a ser

desde otra esfera

a este vivir de ansias, de poesía

y de banderas

sin colores de nación

salvo la nuestra.

Paraíso encontrado

sin fronteras ni estaciones de aduanas

que pidan pasaporte a las estrellas

del amor

por amor enredadas,

trepaderas

de aire,

trepaderas de fiestas entre flores,

que nos roban de aquí

y nos llevan

a utopías de vivas realidades sin quimeras.

 

Como mares trasvasados a otros mares

nuestras manos

enlazadas en la niebla de todo lo escondido que es principio,

esperan.

 

 

 

 

 

La causa primera

 

 

 

La lejana promesa que te hiciste

cuando atareada andabas aún creciendo,

mira, ¿quieres saber?, la estoy cumpliendo

y no olvido el sueño que me diste.

 

Eras sólo una niña que pusiste

en  mí, mujer, la fe que iba naciendo;

que yo fuera la que ibas descubriendo

en aquél viejo diálogo pediste.

 

Y se fueron los años, la andadura,

y he seguido escuchándote impaciente

pidiendo no morir… ¡feliz locura!

 

Y hoy, al fin, mi yo, mi niña ausente,

rompiendo en los demás mi paz segura,

te traigo de mi mano a mi presente.

 

 

 

 

PRIMAVERA

 

 

Ya la primavera ha doblado su dura esquina de sufrimiento.

Ya tierra agrietada,

Ya raíces hundidas,

ya viento,

Ya savia pugnando y estirando.

Ya todo,

todo ya.

 

Verde radiante de regalo con olvido del dolor,

oxígeno engendrado por tanto suspiro de la tierra.

 

Calma

y paso al radiante descubrimiento

de la fuerza alta de la creación:

verde, verde, verde,

brillante verde, pájaros y azul.

Y yo comulgo (no desde fuera)

yo soy una realidad viva,

un ser más en esta fiesta.

Por eso río como un pájaro

y me visto de verde como una rama

y soy azul como allá arriba.

Por eso, nada más que por eso,

Yo, ya, en esplendor también.

 

Duro lomo doblado de la siembra

Y ¿qué madre se acuerda después de haber traído un hijo al mundo?

Risa de recién nacido me oigo en el corazón.

 

Por eso ahora querría compartir todas las luces

(no sé por qué el tiempo quiso depositar cuentos grises en mi mano)

Primaveras,

gestaciones,

¡y mira que alumbramiento de luz!

 

¡Cómo quisiera contarte!

¡Cómo quisiera reírte!

pero ahora es tu tiempo del que no te puedo distraer.

 

¡Si tuviera aquí una página, una frase

de un libro sagrado!

(ese que guarda la palabra)

juraría que algún día he de olvidarme del respeto

(¡continúa primavera, terca fe!)

y raptar a los que amo

con violencia y en mi lomo.

 

Europa joven

algún día te llevaré

con mi sangre y con mi piel

a pasear descalza por la tierra,

entonces tu eterna túnica

-polvo de mariposa-

irá desapareciendo

-blandos jirones, transparencias-

a fuerza de luz y luz.

 

 

 

Vivir más

¡Dios!,

necesito vivir más.

Multiplicar al infinito mis sentimientos.

Abrazar, destruyendo infinitamente

las barreras del yo que se me oponen.

Engendrar infinitamente el amor

en aquél a quien conozco.

Humillar ruedas infinitas

del ser que sobresale.

Amar como tú.

Ser como tú.

Estar como tú.

Vida, ¡Dios!, vida,

semáforos de eternidad,

dí… ¿en qué cárcel de esperanza me metiste?

¡Ah!, barrotes, Dios barrotes.

Cuéntame cual es la astucia

de este agujero

que me has plantado en el corazón.

 

 

 

Improvisemos,

hagamos savia con las palabras,

con las cosas.

Desnudemos nuestros decirnos

al aire, nada más.

Rompamos nuestra historia

incrustada,

impuesta por las caras

por las manos que no nos conocen,

que no nos conocían,

que no nos iban a conocer.

Rompamos nuestra vida

y creemos,

creemos la fe,

recreemos la experiencia,

hagamos nacer el riesgo.

Ven,

ven que encarnaremos

el “tú con tú y yo contigo”

en cada encuentro.

 

 

 

Hoy comprendí, Señor,

que el Universo entero

no es más que un cáliz pequeño

lleno de un gran pensamiento.

¡Y cómo nos ahogamos en él

cuando lo vemos tan grande,

tan oscuro,

tan inmenso!

 

Y no es más que un punto, Señor.

Un punto tan pequeño,

tan mimado,

tan cierto.

Un punto tan tuyo,

tan mío,

tan nuestro.

 

Gracias Señor.

Gracias por unirnos para conocernos,

por alejarnos para sentirnos,

por amarte para poseernos.

 

 

 

Partiendo, pero sin saberme ir,

con el alma dolida, desdoblada,

a vosotros se me iba la mirada

queriendo vuestro abrazo compartir.

 

Os dejé blandos lazos sin decir

y deshice el recuerdo de mi nada;

por querer renacer, enamorada,

empañé vuestro espejo, mi vivir.

 

Y a la luz de una tierra que no es mía

hoy oficio en recrear el nuevo encuentro

mientras canto y me enseño cada día

 

Y si aprendo a crecerme desde el centro,

practicando en mi alejar esta agonía,

a vosotros descubro en lo más dentro.

 

DOMINGOS DE PRIMAVERA

 

Ya están aquí, ya se anuncian

los dolores de la tierra.

Brota la lágrima y el musgo,

cesa el frío

y la fuerza de la savia

dilata los tejidos de tabiques

estremeciendo quietudes

en sus tallos. Todo se abre,

germina por alumbrar

las luces de un verano que nos llega.

Mientras tanto: primaveras,

gestaciones y nostalgias

en domingos que debían

ser un regalo de luz

y vienen uniformados

con grisáceos uniformes

de la enseñanza general y básica.

Un día más para volver mañana

a lo de siempre, sin una palabra,

ni una dichosa nueva, ni otra cosa.

Una día en que lo mejor

es dormir por no sentir,

cuerpo más, como la tierra. (Cinco de tarde gris en el silencio

de un domingo que pudo, que podía

haber sido diferente).

Mas antes de dormir la soledad

por encontrar la puerta abierta

en algún lugar,

intentaré soñarte. (En esta hora

es cuando es bueno soñarte)

¡Si pudiera!

Pero el dolor es no poder.

Tu existencia lo prohibe,

lo prohiben ellos y yo lo prohibo

(soy un fardo de vida bien atado

con un hilo).

Dolor de que no puedo, por él digo:

“Te he creado, tú no eres,

no eres tú”.

No eres tú, llanura mía,

mi espartal,

mi ancho espartal de toda primavera

en el que debería poder pasearme

dichosa, contigo libre

en un domingo como este.

 

 

 

 

CON-SA-BI-DO

 

 

Oh, por Dios, no me lo niegues

con esa estéril palabra

de todos y cada uno de los días.

(Ellos, al menos, no saben,

pero tú, tú precisamente, no).

Eras aquél planeta deslumbrante,

el más inalcanzable en el poniente.

Esto es: lo eras todo (casi todo

-que Alfa y Omega sólo son de Dios-).

Me llevabas, sin llevarme,

al infinito. Renacías

mi cotidiano pasar

con plenitudes humanas.

Amor.

Por eso no te dejo, no permito

que entre tus ecos vivan las palabras

que deshacen tu alma, mi alma.

Ellos ¿qué quieres?, no saben;

pero dentro de ti

hacia mí,

dentro de mí

hacia ti

sólo cabe el esplendor.

Blog, Escritura

Elogio del punto y coma

 

            Teniendo con toda probabilidad más de un cincuenta por ciento de sangre celta podría haberme quedado con las brumas oscuras del Cantábrico, pero, ay, nací en el Mediterráneo y me quedé con su luz. Renuncié con ello a Campoamor, a Pereda o hasta a ese amigo de la familia llamado Severo; pero, en su lugar, metí en el bolsillo a Gabriel Miró, a Oscar Esplá, a Juan Gil Albert, a Miguel Hernández y a Azorín, ese escritor aburrido y preciso, maestro de la prosa y del punto y coma.

            Quizá por la transparencia luminosa de mi tierra adoro la sutileza que lleva a definir con precisión el perfil, el acento de cada cosa; y nada para ello mejor que el punto y coma, regalo de la pluma que nos permite dar un giro imperceptible en mitad de una frase y que nos lleva, rechazando lo abrupto del punto,  a la nueva idea, que -casi sin que el lector se dé cuenta- sugiere.

            “Hoy nadie usa el punto y coma –me dijo el otro día una amiga-, nadie escribe ya así.” Y quizá tenga razón porque en estos tiempos de consumo rápido (quizá la rapidez sea la nota distintiva del consumo de hoy) la sutileza ha pasado a ser un bien escaso, y se nota su pérdida no sólo en la escritura, sino también en la conversación; donde cada vez hay más imposiciones y menos sugerencias, menos precisión, menos invitaciones a la exploración tranquila de lo nuevo.

            Lo noté hace unos años en la gala de los Goya, cuando alguien dijo en su discurso: “Defiendo la libertad de expresión y ese señor no puede decir que…”; no sé a qué señor se refería porque la frase me produjo tal cortocircuito que quedé enganchada en ella, ¿cómo se puede defender y prohibir al mismo tiempo?, o ¿cómo una gala que tenía por estandarte el cine español estuvo acomparsada, hasta en su crescendo final, por música del cine americano? ¡Qué burdo y qué precipitado todo, qué falta del pequeño recurso, pausado y sugerente, del punto y coma en este ejemplo!

            Quizá ahora haya que hablar, que actuar, que escribir así. Quizá tengamos que dirigirnos a lectores que, acostumbrados al basto discurso, a la imposición publicitaria, cuyas cortas frases repudian el punto y coma, han perdido el gusto por la sugerencia y la verdad en la expresión.

Y digo la verdad porque el punto y coma ayuda también a expresarla; donde no hay matiz no hay diferencia, y donde no hay diferencia vuelve a aparecer lo impreciso, el magma y lo burdo.

            Hace tiempo leí un libro de una famosa autora latina, y tuve suerte, en sus (me levanto, lo busco por afán de precisión) en sus 338 páginas encontré un punto y coma; está en la línea veinte de la página 226.

 

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La generación actual y su forma de estar

            La generación actual no tiene la necesidad de ocultar sus sentimientos. Es como es y puede expresarlo (basta pensar en parte de la literatura escrita por los jóvenes de hoy, -o incluso por los no tan jóvenes que, en alguna medida, han logrado romper las ataduras a que estaban por nacimiento destinados- donde droga, conflictos, ideales u homosexualidad, campan por las páginas, entre las letras y palabras, sin tapujos). Basta pensar, también, en esas jovencitas que vemos por la calle cogidas de la mano, en esas jovencitas vestidas siempre con pantalones y andares de chico,  en esos jovencitos con pendientes y pantalones ajustados que se cogen por el talle en las calles más concurridas de la ciudad; basta pensar en que son como son, como son ahora, al menos, no como necesariamente serán mañana). Antes eso no se daba, era impensable y ¿es que no existía? Dados los condicionantes de aquella generación es de sospechar que se daba aún en mayor medida pero que, por el caldo social, se ocultaba en mayor medida también.  Era, en todos los órdenes, una generación de reprimidos buenos chicos (y chicas).